Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado II (Tomás Eloy Martínez)

Simultáneamente, en la correspondencia a su hermano Lorenzo —que este libro [Los aires del presagio] revela por primera vez—, la autosuficiencia de Ramos Sucre estallará con todos sus soles: se esmera en recomendar a Yépez, a través de los amigos de Lorenzo, ante los núcleos del poder en Maracay. No se trata de restituir un favor con otros favores: es, simplemente, una manera de afirmar que él, pese a su desvalimiento, dispone también de resortes para ayudar y servir: que detrás de su inutilidad hay una solidaria utilidad. El huérfano —insinúa— puede ser también un padre.

Y a la vez, instaura una rígida tiranía doméstica, según la cual todo movimiento de la familia hacia la Cultura fracasará si desdeña su guía. En ese punto es autoritario, intransigente, dogmático. Escribe pequeños manuales sobre el arte de la expresión justa, en el que abundan los verbos imperativos. Compone minuciosas instrucciones para iniciarse en el aprendizaje del inglés y del francés. Formula reglas fonéticas y explica cómo se forman los tiempos de los verbos. Ofrece cuadros de lectura que deberán conocerse de acuerdo con el orden que él ha establecido y en las versiones (generalmente francesas) que él indica. «Ocúpate dé leer primero los libros que te aconsejo —ordena— y no te dejes guiar en este punto por más nadie». Su autoridad debe ser admitida como un principio de fe.

Poco a poco, va extendiéndola, sobre todo a través de Lorenzo. Alentado por la aceptación que suscitan sus consejos intelectuales, comienza también a dictar normas de vida: «Evita las malas compañías —escribe en 1921 al hermano casi adolescente—. Vive solo, pero sé amable». Y más tarde, en 1928: «Es necesario que vivas en paz, perfectamente disimulado, absteniéndote siempre de llamar la atención». De manera recurrente, en textos contemporáneos de sus desazones económicas, previene también a Lorenzo contra las ganancias fáciles y lo instruye en el hábito del ahorro. «No hay hombre que sepa hacer negocios en general, no hay sino especialistas. Yo te recomiendo un negocio fácil: depositar los ahorros en una caja de ahorros» (9 de abril, 1930).

En las orillas de un clima político donde ni siquiera están permitidas las licencias del pensamiento y donde el éxito social sólo es posible a través del disimulo y de la moderación en las maneras, Ramos Sucre trata de fundar, a tientas, otra forma de poder. Las cartas al hermano van dibujando en él la tentación de imponerse a la comunidad como un Escritor: vale decir, como un justo en quien se encarna la potestad de educar, de condenar y de vaticinar. El don de profecía, que ambiciona por encima de todos los otros, es sin embargo el que se le muestra más esquivo: Ramos Sucre está demasiado sumido en el pasado como para contemplar libremente el porvenir.

No hay otros ejemplos de escritor pleno en la Caracas de su época, otros creadores que conciban la escritura como un oficio excluyente. Su propuesta de Poder está situada casi en las antípodas de las que por entonces podían formular los intelectuales comunes, para quienes el texto era un mero camino hacia el reconocimiento público, hacia las funciones oficiales o hacia el esplendor social. El no estaba dispuesto a participar de los ritos de adulación o de las intrigas palaciegas que facilitarían su acceso hacia el otro Poder, el político y militar. Nada de eso. En una Venezuela desdeñosa de la inteligencia, Ramos Sucre quiere contemplarse a sí mismo como el dueño de un imperio cuya fuerza no es inferior a la de los señores de Maracay. En cierto modo, él también es Juan Vicente Gómez: su contrafigura, su retrato en negativo.

Le importan poco la incomprensión y el desamor en que caen sus dos últimos libros. Tiene la certeza de la gloria, porque la gloria le está debida. Pero sabe que no servirá para modificar lo que él es ya ni para rescatar lo que pudo haber sido. Su pretensión última es sentir que la sociedad enferma, silenciosa y tiránica en la cual vive ha engendrado, por fin, un Escritor: también enfermo y aislado, también tirano. «Creo en la potencia de mi facultad lírica. Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que ni siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores» (25 de octubre, 1929).

Los dolores a que alude se llaman Pasado. Ramos Sucre no sabe cómo suprimirlos. De algún modo son él mismo, el ser que los azares y sus miedos han ido forjando. El procedimiento que elige para valerse es de una complejidad tan innecesaria que no puede sino fracasar: primero se disfraza de otro (o de otros); luego, se aplica a borrar los estigmas del ser que fue.

Con paciencia construye para sí una casa de soledad y frigidez: ambos atributos te permiten sentirse lúcido y no contaminado. El Mal está afuera, en las criaturas gregarias y reales que viven desorientadas por las distracciones del sexo, la política y el dinero. Los parajes que describe dentro de esa casa son llanos, sepulcrales, blancos, quiméricos. Que la vida haya desaparecido de ellos no es una privación sino una salvación. La falta de vida los purifica y ennoblece. Entonces se disfraza. Como el Baudelaire de Jean-Paul Sartre, «persigue el ideal imposible de crearse a sí mismo (…): quiere volver a empezarse, a corregirse como se corrige un cuadro o un poema».

Esa presunción le resulta vana. Tardíamente descubre que ha invertido el orden lógico de la metamorfosis, y que ningún disfraz podrá resucitarlo mientras no sea reescrito el texto de su vida. El único camino posible para él es anular el pasado o transferir los estigmas de ese pasado a las criaturas que ha ido imaginando.

* Notas relacionadas: Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado I (Tomás Eloy Martínez)
| Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado III (Tomás Eloy Martínez).

Una versión familiar de la muerte de José Antonio Ramos Sucre

Mi querida María Inés Pérez (Tarántula Literaria) me ha contado una versión que circula en la familia Ramos Sucre sobre la muerte del poeta. Todo lo inició una nota de María Inés sobre James Joyce como su musa , y un comentario suyo en nuestro blog. Les dejo los textos pertinentes:

Sabrás que mi casa familiar está a menos de una cuadra de la del ilustre poeta, en Cumaná. He visto muchas veces su letra prolija e hice una ponencia de las dulces cartas que Ramos Sucre mandaba a su prima (una curiosa historia de amor).

En mi incursión como vendedora de helados, conocí a un señor muy agradable, ya mayor, apellido Madriz, sobrino de la querida prima de Ramos Sucre, Dolores Madriz.

Este señor me contó la versión familiar de la muerte del poeta, contada por su padre quien era familia más directa del poeta, puesto que los Madriz eran familia de los Ramos Sucre, esto lo sabrás, supongo. Así que me quedé un poco atónita con la historia, contraria a lo que se cuenta sobre la forma en que murió este ilustre cumanés.

Aquí está la versión:

La historia no sé si la conoces pero dicen que José Antonio Ramos Sucre no se suicidó, como dicen. El padre del Sr. Madriz le dijo a él que supuestamente Ramos Sucre en sus últimos días de vida se había visto agravado en su enfermedad y fatiga mental a causa de sus insomnios y por tanto había aumentado la dosis de medicamentos, de hecho esto lo comunicó a sus familiares cercanos. De manera tal que en su familia se jugó la hipótesis no del suicidio si no de una sobredosis accidental de medicamentos. Esto lo asegura el señor Madriz.

Curiosidad satisfecha, ha sido un gusto darte un dato del poeta.

* Notas relacionadas: Ramos Sucre: muertes y correspondencias ignoradas.

Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado I (Tomás Eloy Martínez)

Le mystere n’est pas encore eclairci mais on en a soulevé un coin du voile.
(Anotación manuscrita de Ramos Sucre en el reverso de su tarjeta de bautizo.)

Más de treinta años se tardó en saber quién era, en verdad, José Antonio Ramos Sucre. Los críticos de su época lo habían definido como un poeta cerebral, impermeable a las respiraciones de la vida y, por lo tanto, condenado a la creación de paisajes irreales o abstractos. Sus textos permitían adivinar, sin embargo, detrás de un sutil enmascaramiento, una historia de soledad, neurosis y desinteligencia con el medio.

Los primeros biógrafos dejaron de él un retrato trivial: subrayaron su erudición pasmosa, su facilidad para el aprendizaje de los idiomas, la seriedad sacerdotal con que dictaba clases. Lo imaginaron orgulloso de su linaje, en el que asomaban héroes bondadosos —el Gran Mariscal de Ayacucho— e ilustres latinistas. Lo creyeron satisfecho de su trabajo como traductor de documentos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Le atribuyeron quebrantos nerviosos, pero no les encontraron otra explicación que la falta de sueño.

«Su biografía es la historia de sus innumerables estudios», apuntaría Carlos Augusto León en Las piedras mágicas. «No se puede evocar a Ramos Sucre sin pensar en su biblioteca», sentenciaría Félix Armando Núñez en el prólogo a las Obras editadas en 1956. En sus estudios, los dos confieren importancia a la imagen, misteriosa y señorial, que solía dar en los salones de los liceos: «báculo al brazo», «con aquellos ojos suyos, siempre entrejuntos», «a veces recorriendo las calles nocturnas, solo, con su caminar lento y distraído».

Las siete cartas confiadas por Luis Yépez a Rafael Angel Insausti, en 1959, y reproducidas en la primera edición de Los aires del presagio al año siguiente, levantaron al fin «una punta del velo».

Yépez aguardaba a Ramos Sucre en Ginebra desde fines de 1929 para ponerlo en posesión del Consulado General, que él había ejercido hasta entonces, y regresar luego a Maracay en busca de órdenes. El poeta, al principio, se aferra a Yépez para resolver problemas menudos que lo desbordan: quiere que retenga para él la casa que ocupa el Consulado, en la rue du Rhone, pero se niega a discutir el contrato. Firmará lo que Yépez le diga. Durante más de dos meses, antes de empezar su misión, permanece internado en el Instituto de Enfermedades Tropicales, Hamburgo, para curar una amebiasis que —de acuerdo con su diagnóstico personal— es la fuente de los insomnios que lo atormentan. Se siente perdido: ante los médicos y ante el dinero. Aquellos han declarado con excesivo apresuramiento que los parásitos han sido eliminados y que sólo queda en pie el agotamiento nervioso: el dinero del sueldo, por lo demás, afluye a Ginebra por vías demasiado sinuosas, y Ramos Sucre empieza a imaginar que nunca podrá atraparlo. «El director de la Oficina de Consulados, Alamo Ibarra, me prometió domiciliar mi sueldo en Ginebra y yo ignoro cuál método o formalidad debo observar para coger ese sueldo —escribe a Yépez el 13 de enero de 1930—. Yo lo necesito encarecidamente porque debo pagar mi tratamiento».

De manera cada vez más apremiante, menos controlada, Ramos Sucre intercala en las cartas frases de desahogo. Él, que ha ocultado todo lo que era, con una voracidad casi esquizofrénica, ahora necesita encontrar, fuera de sí, un oído solidario: «Los desórdenes nerviosos, mi desesperación, no han cesado todavía. Son muy singulares y me desconciertan por completo. Los insomnios siguen siendo horribles. Si estos fenómenos no desaparecen, habré caído en la desgracia más profunda. Perdería mis facultades mentales». Era autocompasivo e hipocondríaco, pero en modo alguno trataba de suscitar compasión. Simplemente justificaba, en aquella carta a Yépez (6 de febrero, 1930), su largo alejamiento del trabajo y sus apremios económicos. Quería que, de una vez por todas, se lo juzgase como un enfermo.

A medida que se acerca la fecha del regreso a Ginebra, los miedos de Ramos Sucre se multiplican: teme a la debilidad, a la tisis, al ruido y al frío de la ciudad, a la descortesía de la gente. Siempre ha sido un huérfano («Yo poseo el hábito del sufrimiento, pero estoy fatigado de la vida interior del asceta», escribe a Yépez el 25 de febrero de 1930), y la certidumbre de que en Ginebra carecerá de conversaciones, tradiciones y afectos —aun esporádicos— de los cuales asirse, le permite tomar conciencia de que esa orfandad es un ser vivo que no lo abandonará nunca.

* Notas relacionadas: Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado II (Tomás Eloy Martínez) | Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado III (Tomás Eloy Martínez).

Ramos Sucre y Eugenio Montejo en junio

Hoy recordamos una vez más la muerte de Ramos Sucre. También recordaremos, a partir de ahora, que sólo unos días antes murió Eugenio Montejo.José Antonio Ramos Sucre,Eugenio Montejo,Rafael Cadenas Una semana los separará en el calendario de las conmemoraciones literarias. Junio será un mes intelectual y emocionalmente atareado para algunos de nosotros.

Ironía poética: los dos poetas ya están reunidos póstumamente en las páginas de un libro. Conversación con la intemperie fue presentado en Madrid al día siguiente de la muerte de Montejo.

El libro reúne textos suyos, de Ramos Sucre, de Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas y Guillermo Sucre. La selección y prólogo es de Gustavo Guerrero.

En la presentación, Guerrero dijo de Ramos Sucre que es “el raro entre los raros en la poesía en lengua española”, un autor que “reescribe el español a partir del latín y se fija en un paisaje fantasmático que procede del mundo gótico y del mundo simbolista”.

Leamos ahora el final del ensayo de Montejo sobre Ramos Sucre, la “Nueva aproximación a Ramos Sucre”:

Terminaré ahora de modo ortodoxo, relatando un brevísimo sueño. Algunas tribus africanas, según comenta Carl G. Jung, distinguen entre sus sueños aquéllos de significación meramente individual y los que puedan resultar, por sus revelaciones mágicas, de interés para el grupo. Esta visión onírica que ya he contado antes (revista Poesía, núm. 24, Valencia) es cierto no alcanza la importancia de la segunda categoría, ni yo soy, al menos no totalmente, africano. La refiero porque alude al poeta de que vengo hablando. Sucedió en París, hace más de diez años. Había viajado poco antes a Ginebra, en un fallido intento por hallar algún rastro suyo en la ciudad de su muerte. De regreso a París, releí intensamente toda su obra durante varios días. Al finalizar, tarde la noche, vi en sueños cómo la pared de mí cuarto se volvió una larga pizarra verde. De seguidas entró Ramos Sucre y anotó nerviosamente en ella, para asombro mío: —Yo soy Fausto.

* Notas relacionadas: Eugenio Montejo: Nueva aproximación a Ramos Sucre | Aproximación a Eugenio Montejo.

Un remake de Ramos Sucre

Las operaciones para reescribir textos son hoy muy conocidas: adición, sustracción, combinación o desplazamiento de tiempos, lugares y personajes. No hay moderno taller de escritura que prescinda del antiguo ejercicio retórico de replantear historias clásicas o famosas. Tampoco el cine lo ignora: es la fórmula del remake. Es también la fórmula de Ramos Sucre. Muchos de sus textos podrían iniciarse a la manera de “Mar Latino”: “Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena”.

Un remake clásico de Ramos Sucre es “Del ciclo troyano”. Sus fuentes son el Agamenón de Esquilo y la Hécuba de Eurípides. De la última, Ramos Sucre toma la historia de Polidoro, hijo de Hécuba y Príamo, quien, para alejarlo de los peligros de la guerra, lo entrega junto con un gran tesoro al cuidado de Poliméstor, rey de Tracia. Pero éste, caída Troya, se congracia con los vencedores asesinando al joven y apoderándose de sus riquezas.

En esta historia Ramos Sucre introduce un elemento ausente en Esquilo o Eurípides: el encuentro de Polidoro con Ifigenia antes de la guerra. La pasión de los niños provoca un conflicto entre Clitemnestra, quien la alienta, y Agamenón, quien la veda “por el interés de la política y por la insinuación de los sacerdotes, necesitados de una víctima regia”. (Recordemos que, en el Agamenón, Ifigenia es la prometida de Aquiles.)

Ramos Sucre aparenta, pues, manejar convencionalmente algunas operaciones del remake: adición, combinación y desplazamiento. Quiero sugerir, sin embargo, que estas operaciones no funcionan mecánicamente, sino que están subordinadas a una compleja y sutil lectura de los modelos griegos. Del ciclo troyano” no es mera reescritura de sus fuentes: es un examen y una apropiación crítica de ellas. La clave de esa lectura de Ramos Sucre está en la noción de sacrificio. La crítica ha señalado la importancia de esta noción en la obra de Eurípides y Esquilo, pero en estas notas me limitaré a su breve examen en el Agamenón en tanto se relaciona con “Del ciclo troyano”.

* Notas relacionadas: Esquilo y Eurípides en Ramos Sucre | Ifigenia y Agamenón | Del ciclo troyano (el texto).

Nuevo título del blog: Ramossucreana

Hoy, 9 de junio, fecha en que nació Ramos Sucre, es un buen día para cambiar el título del blog. De ahora en adelante: Ramossucreana. La dirección, sin embargo, es la misma: contrarrima.wordpress.com.

PS. del 13 de junio (fecha en que murió Ramos Sucre).

El blog tiene ahora una nueva dirección: www.ramossucreana.com. No hay necesidad de cambiar enlaces (links): el redireccionamiento es automático.

Del ciclo troyano (el texto)

Durante más de un año he compartido mis reflexiones sobre sacrificio, retórica y conflicto social e histórico en cuatro textos de Ramos Sucre: “El disidente“, “Duelo de arrabal“, “La venganza del Dios” y “A un despojo del vicio“. He enfatizado en ellos las alusiones judeocristianas. Ahora me gustaría enfocar otra tradición sacrificial a que alude el poeta: la de griegos y romanos. Ya me he referido parcialmente a ella al comentar el destino de Palinuro en “El ramo de la sibila” y el de Hipatia en “El retórico”. Dejo ahora el texto “Del ciclo troyano” para continuar la serie.

Del ciclo troyano

Polidoro, hijo último de Príamo, demasiado joven para los deberes militares, vivió lejos de la patria cercada y en la corte de un rey fementido, donde lo había relegado el celo afectuoso de los suyos.

No sabía del asedio funesto, ni de su término en la noche de lamentos, tinta en llamas, cuando cayó bajo el hierro de su huésped, mudado en pro del vencedor.

Su tumba, asombrada por áspero matojo que emite una voz compasiva, suscita el miedo en los peregrinos de Virgilio.

El príncipe venía macilento por efecto de un monólogo suspiroso. Pensaba en Ifigenia, escapada de en medio del sacrificio y a punto de morir, refugiada entre los sármatas, cuyos corceles infatigables hieren un suelo de nieve marmórea. Había tratado a la virgen tácita, de reposado continente y blando paso, en uno de los santuarios insulares, donde amistaban los pueblos comarcanos, separados por los agravios personales de sus reyes. Clitemnestra alentaba la pasión de los niños; pero su esposo la vedaba por el interés de la política y por la insinuación de los sacerdotes, necesitados de una víctima regia.

Clitemnestra salva a su hija con valiente superchería, y medita años continuos el desquite.

Espera en su cubil de leona durante el decenio de la lid fatal, repartido entre ventajas y reveses: más de una vez el regio esposo, holgado y soberbio, no obstante el peso de las armas flamantes, increpa las catervas de los suyos, amedrentados porque un trueno fortunoso recorre las alturas, y Héctor desordena el campamento, redoblando su furiosa acometida de vendaval.

Clitemnestra dispone la muerte del real consorte, en reparación de su voluntad desoída, en desagravio de su vil sumisión, propia de las cautivas ganadas a lanza; y el crimen acontece la noche misma del regreso y sigilosamente, en medio del angustiado clamor de los pájaros nocturnos, de vuelo disparado y errátil.

Hipatia

En “El retórico“, Ramos Sucre escribe que el “discípulo de los alejandrinos”, quien “combate la victoria del cristianismo”, “Acaba de saber el sacrificio de Hipatia en un desorden popular, animado contra la fama y la existencia de la mujer selecta por la envidia de unos monjes cerriles”.

La fuente de Ramos Sucre parece ser la Vida de Isidoro de Damascio, o por lo menos el fragmento que sobre Hipatia fue luego recogido en el Suda.

Cuando Cirilo [el obispo cristiano de Alejandría] oyó esto [que las multitudes aclamaban a Hipatia], le entró tal ataque de envidia que de inmediato empezó a conspirar su asesinato y de la forma más cruel. Cuando Hipatia salió de su casa, tal como tenía por costumbre, una multitud de hombres mercenarios y feroces que no temían castigo divino ni venganza humana matan a la filósofa; así cometieron un monstruoso y atroz acto contra su patria.

La mención de la envidia y la alusión a Cirilo en “El retórico” (la frase “monjes cerriles” juega con el nombre del obispo), evidencian que el texto de Damascio es una de las referencias de Ramos Sucre.

En este punto no está de más citar la Historia eclesiástica del historiador cristiano Sócrates Escolástico, para complementar la anterior relación:

Como ella solía hablar a menudo con Orestes [prefecto romano de Alejandría y discípulo de Hipatia], se le acusó de forma calumniosa entre los cristianos de que ella era el obstáculo que impedía que Orestes se reconciliase con el obispo. Algunos de ellos, encabezados por un maestro llamado Pedro, corrieron con prisa empujados por un fanatismo salvaje, la asaltaron cuando volvía a su casa, la arrancaron de su carro y la llevaron al templo de Cesarión, donde la desnudaron por completo y la mataron con trozos de cerámica de los escombros. Después de descuartizar su cuerpo, se llevaron los pedazos al Cinaron y los quemaron.

Tampoco sobra la referencia de Gibbon en su Decline and Fall, que agrega detalles sobre la muerte de Hipatia:

On a fatal day, in the holy season of Lent, Hypatia was torn from her chariot, stripped naked, dragged to the church, and inhumanly butchered by the hands of Peter the reader (alias Peter the Lector) and a troop of savage and merciless fanatics: her flesh was scraped from her bones with sharp oyster-shells, and her quivering limbs were delivered to the flames.

Traduzco el final casi literalmente: “su piel fue arrancada de sus huesos con filosas conchas marinas, y sus temblorosos miembros fueron entregados a las llamas”.

Alegoría en Dante: El convivio

Digo que, tal como en el primer capítulo se ha referido, ha de ser esta exposición literal y alegórica. Y para dar a entender tal, es menester saber que los escritos puédense entender y se deben exponer principalmente en cuatro sentidos. Llámase el uno literal, y es éste aquél que no va más allá de la letra propia de la narración adecuada a la cosa de que se trata; de lo que es ciertamente ejemplo apropiado la tercera canción, que trata de la nobleza. Llámase el otro alegórico, y éste es aquel que se esconde bajo el manto de estas fábulas, y es una verdad escondida bajo bella mentira. Como cuando dice Ovidio que Orfeo con la cítara amansaba las fieras y conmovía árboles y piedras; lo cual quiere decir que el hombre sabio, con el instrumento de su voz, amansa y humilla los corazones crueles y conmueve a su voluntad a los que no tienen vida de ciencia y de arte; y los que no tienen vida racional, son casi como piedras. Y en el penúltimo Tratado se mostrará por qué los sabios hallaron este escondite. Los teólogos toman en verdad este sentido de otro modo que los poetas; mas como quiera que mi intención es seguir aquí la manera de los poetas, tomaré el sentido alegórico según es usado por los poetas.

El tercer sentido se llama moral; y éste es el que los lectores deben intentar descubrir en los escritos, para utilidad suya y de sus descendientes; como puede observarse en el Evangelio, cuando Cristo, subiendo al monte para transfigurarse, de los doce apóstoles llevóse tres consigo; en lo cual puede entenderse moralmente que en las cosas muy secretas debemos tener poca compañía.

Llámase el cuarto sentido anagógico, es decir, superior al sentido, y es éste cuando espiritualmente se expone un escrito, el cual, más que en el sentido literal por las cosas significadas, significa cosas sublimes de la gloria eterna; como puede verse en aquel canto del Profeta que dice que con la salida de Egipto del pueblo de Israel hízose la Judea santa y libre. Pues aunque sea verdad cuanto según en la letra se manifiesta, no lo es menos lo que espiritualmente se entiende; esto es, que al salir el alma del pecado, se hace santa y libre en su potestad.

Original

Dico che, sì come nel primo capitolo è narrato, questa sposizione conviene essere litterale e allegorica. E a ciò dare a intendere, si vuol sapere che le scritture si possono intendere e deonsi esponere massimamente per quattro sensi. L’uno si chiama litterale, [e questo è quello che non si stende più oltre che la lettera de le parole fittizie, sì come sono le favole de li poeti. L'altro si chiama allegorico, ] e questo è quello che si nasconde sotto ‘l manto di queste favole, ed è una veritade ascosa sotto bella menzogna: sì come quando dice Ovidio che Orfeo facea con la cetera mansuete le fiere, e li arbori e le pietre a sé muovere; che vuol dire che lo savio uomo con lo strumento de la sua voce fa[r]ia mansuescere e umiliare li crudeli cuori, e fa[r]ia muovere a la sua volontade coloro che non hanno vita di scienza e d’arte: e coloro che non hanno vita ragionevole alcuna sono quasi come pietre. E perché questo nascondimento fosse trovato per li savi, nel penultimo trattato si mosterrà. Veramente li teologi questo senso prendono altrimenti che li poeti; ma però che mia intenzione è qui lo modo de li poeti seguitare, prendo lo senso allegorico secondo che per li poeti è usato.Lo terzo senso si chiama morale, e questo è quello che li lettori deono intentamente andare appostando per le scritture, ad utilitade di loro e di loro discenti: sì come appostare si può ne lo Evangelio, quando Cristo salio lo monte per transfigurarsi, che de li dodici Apostoli menò seco li tre; in che moralmente si può intendere che a le secretissime cose noi dovemo avere poca compagnia.

Lo quarto senso si chiama anagogico, cioè sovrasenso; e questo è quando spiritualmente si spone una scrittura, la quale ancora [sia vera] eziandio nel senso litterale, per le cose significate significa de le superne cose de l’etternal gloria, sì come vedere si può in quello canto del Profeta che dice che, ne l’uscita del popolo d’Israel d’Egitto, Giudea è fatta santa e libera. Ché avvegna essere vero secondo la lettera sia manifesto, non meno è vero quello che spiritualmente s’intende, cioè che ne l’uscita de l’anima dal peccato, essa sia fatta santa e libera in sua potestate.

La alegoría en Dante: Carta a Can Grande

Para mayor claridad del discurso hay que saber que el sentido de esta obra [La Comedia] no es simple, más bien habría que llamarlo “polisemos”, es decir, de muchos sentidos: pues el primer sentido es el que se obtiene de la letra, otro en cambio el que se obtiene por el significado de la letra. El primero se llama literal, en cambio el segundo alegórico o moral o anagógico. Este modo de tratar los sentidos, para que mejor se entienda, se muestra en los siguientes versos: “Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario, Israel su posesión” [Salmo 114 (113): 1-2]. Pues si solo consideramos la letra se nos significa la salida de los hijos de Israel de Egipto, en tiempos de Moisés; si la alegoría, se nos significa nuestra redención realizada por Cristo; si el sentido moral, se nos significa la conversión del alma del luto y miseria del pecado al estado de gracia; si el anagógico, se significa la salida del alma de la esclavitud de esta corrupción a la libertad de la gloria eterna. Y aunque estos sentidos ocultos se les asigne distintos nombres, pueden todos en general ser llamados alegóricos, dado que son diferentes del sentido literal o histórico. Pues la alegoría viene de “allos” en griego lo que en español se dice “extraño”, es decir, “otro”.

Después de estas consideraciones, es claro que el tema de la obra es doble, y en ella se encuentran ambos sentidos. Y por tanto hay que tratar del tema de la obra en tanto se la toma literalmente, y luego en consideración alegórica. El tema pues de toda la obra considerada solo literalmente, es el estado del alma después de la muerte, en su pura simplicidad. Si en cambio la obra se considera en forma alegórica, el tema es el hombre que por sus méritos y deméritos, por su libre arbitrio, está sujeto al premio y al castigo de la justicia.

Original

Ad evidentiam itaque dicendorum, sciendum est quod istius operis non est simplex sensus, immo dici potest polysemos, hoc est plurium sensuum; nam primus sensus est qui habetur per literam, alius est qui habetur per significata per literam. Et primus dicitur literalis, secundus vero allegoricus, sive moralis, sive anagogicus. Qui modus tractandi, ut melius pateat, potest considerari in his versibus: “In exitu Israel de Aegypto, domus Iacob de populo barbaro, facta est Iudaea sanctificatio eius, Israel potestas eius.” Nam si ad literam solam inspiciemus, significatur nobis exitus filiorum Israel de Aegypto, tempore Moysi; si ad allegoriam, nobis significatur nostra redemptio facta per Christum; si ad moralem sensum, significatur nobis conversio animae de luctu et miseria peccati ad statum gratiae; si ad anagogicum, significatur exitus animae sanctae ab huius corruptionis servitute ad aeternae gloriae libertatem. Et quamquam isti sensus mystici variis appellentur nominibus, generaliter omnes dici possunt allegorici, quum sint a literali sive historiali diversi. Nam allegoria dicitur ab alleon graece, quod in latinum dicitur alienum, sive diversum.

His visis, manifestum est quod duplex oportet esse subiectum circa quod currant alterni sensus. Et ideo videndum est de subiecto huius operis, prout ad literam accipitur; deinde de subiecto, prout allegorice sententiatur. Est ergo subiectum totius operis, literaliter tantum accepti, status animarum post mortem simpliciter sumptus. Nam de illo et circa illum totius operis versatur processus. Si vero accipiatur opus allegorice, subiectum est homo, prout merendo et demerendo per arbitrii libertatem iustitiae praemiandi et puniendi obnoxius est.

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