El misterioso sacrificio de Antinoo: la versión de Ramos Sucre

En su relación de la muerte de Antinoo, Dio Cassius emplea la palabra hierourgetheis, quizá insidiosamente: el término designa el sacrificio en que las entrañas de la víctima son examinadas por los sacerdotes; premeditamente o no, ello introduce un elemento siniestro o perverso en la ofrenda humana. La Historia antigua emplea devotum, y así alude a la devotio o sacrificio voluntario en beneficio de Roma o su emperador. Ambos informes aprueban la hipótesis del sacrificio; la segúnda versión fue, sin embargo, la preferida de los antiguos.

Ramos Sucre asume la tesis de la devotio pro principe, pero prefiere la indecisión en cuanto a la naturaleza del ritual. Las líneas

Había perecido cuando ostentaba los atributos e insignias de Apolo. Las palmeras descabelladas presenciaban una vez más el sacrificio del sol…

conectan a Antinoo con Apolo, la divinidad del sol, de las plagas y la curación, del veneno y la cura, de los oráculos y la magia. Apolo también se asocia con la Targelia, el festival ateniense en que se ejecutaba el ritual de los farmakoí, la expulsión o muerte purificatoria de los farmakós, el hombre o los hombres que expiaban, siendo expulsados de la ciudad, las impurezas o transgresiones ajenas. (Fármakos también significa ‘brujo’, ‘mago’ o ‘envenenador’.) El sacrificio del sol es, pues, el sacrificio de aquel que lleva “los atributos e insignias de Apolo”.

Notemos que portar altos atributos e insignias es uno de los requisitos de la devotio. El consúl Decius Mus, en el 340 A.C., se vistió con la toga praetexta, el caput velatum y el cinctus Gabinus, señales destintivas de un oficial con imperium, antes de embestir solitariamente al enemigo; y, en otro celebrado ejemplo, Marcus Curtius vistió su armadura de guerrero antes de lanzarse a la profunda grieta del Foro. La descripción de Ramos Sucre es otra muestra de su erudición clásica, pero sobre todo es una muestra de erudición al servicio de una idea poética: la muerte de Antinoo fue un sacrificio voluntario. Este juicio se sigue necesariamente de postular una devotio, acto que exige el ofrecimiento personal: “Decios (el consúl Decius) qui ad voluntariam mortem…” (Cicerón en su Catón el viejo).

La otra alusión a la devotio aparece al final:

Adriano … descubre una imagen de su pensamiento en la actitud de un gavilán, el mismo del rito indígena, ensañado en aventar las plumas de una víctima.

El verbo “aventar” es un eco del método más afamado del ritual: lanzarse en medio del enemigo, a lo profundo de la tierra o a las aguas. Y, sin embargo, la imagen del gavilán que avienta plumas nos inquieta porque insinúa la búsqueda de las entrañas, la extracción de las vísceras. Quizá Ramos Sucre deja entrever así que la amorosa entrega de Antinoo no fue totalmente comprendida por el emperador. También deja entrever que el misterio de esa entrega aún permanece con nosotros.

* Notas relacionadas: El secreto del Nilo (el texto) | La muerte de Antinoo: chismes antiguos.

La muerte de Antinoo: chismes antiguos

Adriano estaba inconsolable con la pérdida de su favorito en el río cenagoso, entre saurios torpes. Había perecido cuando ostentaba los atributos e insignias de Apolo.

En la última semana de octubre, probablemente del año 130, el amado Antinoo, en palabras del emperador Adriano, “cayó al Nilo”. La Historia Augusta, ese venerable acopio de rumores maldicientes, agrega:

Él perdió a su Antinoo mientras navegaba por el Nilo, y lloró por él como una mujer. En relación a ésto, hay varias opiniones: algunos afirman que se sacrificó a sí mismo por Adriano, otros que fue asesinado tanto por su belleza como la excesiva sensualidad de Adriano…

También está la relación de Dio Cassius, no menos murmuradora que la anterior:

Antinoo murió o bien porque cayó al Nilo, como Adriano escribe, o bien, como en verdad ocurrió, al ser ofrecido en sacrificio. Porque Adriano… era siempre muy curioso y empleaba adivinaciones y hechizos de todo tipo. Coherentemente, honró a Antínoo ya sea a causa de su amor por él o sea porque el joven había voluntariamente decidido morir por el emperador (era necesario que una vida se entregara libremente para el cumplimiento de los fines que Adriano tenía previstos).

La Historia Antigua explica con benevolencia la decisión del joven amante al tiempo que empaña las razones del emperador:

Otros ven sus motivos como píos y religiosos: ya que Adriano deseaba prolongar su vida por cualquier medio, los magos sugirieron que alguien debería morir voluntariamente en su lugar; todos se rehusaron. Sólo Antínoo se ofreció por sí mismo: por eso todos los homenajes rendidos a su memoria.

Estos informes compendian las especulaciones sobre uno de los más afamados escándalos amorosos y políticos de la Antigüedad. Éstas son, esencialmente, las fuentes de Ramos Sucre, como se colige de la tercera estrofa de “El secreto del Nilo“:

Adriano había seguido las inspiraciones de una curiosidad impía y las enseñanzas de una crítica presumida, al visitar osadamente el país de los mitos sabios, espectador inmóvil del misterio.

El poeta, sin embargo, es más indirecto en su presentación de la hipótesis del sacrificio de Antínoo. Pero esto es tema de otra nota.

* Notas relacionadas: El secreto del Nilo (el texto).

El secreto del Nilo (el texto)

“El secreto del Nilo” es uno de los pocos textos de Ramos Sucre, sino el único, que alude a una relación homosexual: la del emperador Adriano y su protegido Antinoo. Curiosamente, no ha sido examinado por quienes hablan de la misoginia o de la “sexualidad atormentada” del poeta. Confieso que el tema me interesa poco, y que mis notas intentan seguir mi conocido hilo sacrificial y sus implicaciones sociales o políticas. No sugiero con esto que la temática sexual no atravesará mis notas, sino que, simplemente, el énfasis no estará en ella. Pero seguramente alguno me recordará que el énfasis es una forma del disimulo.

El secreto del Nilo

Adriano estaba inconsolable con la pérdida de su favorito en el río cenagoso, entre saurios torpes. Había perecido cuando ostentaba los atributos e insignias de Apolo.

Las palmeras descabelladas presenciaban una vez más el sacrificio del sol, anegadas en la penumbra del momento solemne, y una pirámide abrumaba el horizonte de modo inexorable.

Adriano había seguido las inspiraciones de una curiosidad impía y las enseñanzas de una crítica presumida, al visitar osadamente el país de los mitos sabios, espectador inmóvil del misterio.

Adriano se ha reclinado sobre el zócalo de un monumento derruido, en la vecindad del río inagotable, y descubre una imagen de su pensamiento en la actitud de un gavilán, el mismo del rito indígena, ensañado en aventar las plumas de una víctima.

Reginald Shepherd (1963-2008)

Haré aquí una excepción a la temática ramosucreana para honrar la memoria de un poeta norteamericano: Reginald Shepherd, quien murió el pasado 10 de septiembre. El excelente blog de Shepherd queda cerrado, pero no con ello terminan nuestras visitas.


You, Therefore

For Robert Philen

You are like me, you will die too, but not today:
you, incommensurate, therefore the hours shine:
if I say to you “To you I say,” you have not been
set to music, or broadcast live on the ghost
radio, may never be an oil painting or
Old Master’s charcoal sketch: you are
a concordance of person, number, voice,
and place, strawberries spread through your name
as if it were budding shrubs, how you remind me
of some spring, the waters as cool and clear
(late rain clings to your leaves, shaken by light wind),
which is where you occur in grassy moonlight:
and you are a lily, an aster, white trillium
or viburnum, by all rights mine, white star
in the meadow sky, the snow still arriving
from its earthwards journeys, here where there is
no snow (I dreamed the snow was you,
when there was snow), you are my right,
have come to be my night (your body takes on
the dimensions of sleep, the shape of sleep
becomes you): and you fall from the sky
with several flowers, words spill from your mouth
in waves, your lips taste like the sea, salt-sweet (trees
and seas have flown away, I call it
loving you): home is nowhere, therefore you,
a kind of dwell and welcome, song after all,
and free of any eden we can name

Reprinted from Fata Morgana by Reginald Shepherd, published by the University of Pittsburgh Press. Copyright © 2007 by Reginald Shepherd.

Ramos Sucre y la nostalgia heroica II (Juan Calzadilla)

3Nostalgia heroica que se traduce al cabo en evasión y en dignidad solitaria frente a una realidad como siempre pobre en conceptos, carente de grandes vivencias e ideales fecundos y no tan triste como los del poeta que se siente cada vez más solo. Su poesía no será tanto el recuento de su tragedia interior, como la infeliz añoranza de ese tiempo que lo hubiera podido erigir en el ser impoluto y libre de cotidianidad que se ofrenda al destino solitario y aciago. Ramos Sucre encontró en sí mismo el valor necesario para buscar en el suicidio la tabla de salvación de su propio ideal de vida.

En su figura de desterrado encarna al tipo de hombre excepcionalmente incapacitado para aceptar la realidad como tal; excepcionalmente sensible, su obra es el exponente fiel de esas cualidades de nobleza y bondad, desinterés, que sólo el verdadero poeta es capaz de encarnar.

Incomprendido entonces, porque su poesía necesitaba de inteligencias profundamente sensitivas para ser comprendidas en su proyección alada, el destino de Ramos sucre es seguir siendo incomprendido en su obra y, en la misma medida, en su propia vida llena de valor y soledad.

4. Porque lo que justifica sobradamente a Ramos Sucre no es tanto su atrevimiento expresivo, en una época de tanteo y vacilación, como la sinceridad pura de ese lenguaje brillante que emana innatamente, no por otra necesidad que la de expresar la poesía. Cuando escribía esperaba sin embargo, porque creyó asistir a una época cuyo viejo concepto tradicionalista iba a caer en derrumbe por efecto del tiempo. Pleno de conciencia, no escribe para sus contemporáneos, sino para su tiempo. Porque intuía ya la muerte de la tradición retórica a manos de una nueva poesía de la libertad en América: Un rompimiento que hubiera significado una nueva fuente inagotable: Sin embargo esto no sucederá en Sur América, entonces ni ahora. Ramos Sucre sigue solo, en tanto, con unos pocos espectadores que vigilan la marcha del tiempo. El momento de la poesía insurgirá.

La obra poética de Ramos Sucre escasa si restamos de ellas las irregularidades, las monotonías, repeticiones y fallas de perspectiva, debe ser considerada como el primer intento serio realizado en Venezuela para escindir el lenguaje de la poesía, autónomamente, de aquel de la prosa. Sobre este mensaje directo de la sensibilidad del poeta el convencionalismo de nuestra crítica habitual y pedagógica se estrellará sin remedio. Esa obra respira en silencio, por sí misma excluida de las poesías cotidianas.

A 25 años de nosotros, Ramos Sucre recibe el homenaje de la juventud: lo que demuestra que sus libros, para subsistir necesitaron seguir siendo siempre libros de la más auténtica poesía.

El Nacional. Caracas, 6 de noviembre de 1956.

Tomado de Ramos Sucre ante la crítica, pp. 73-74.

* Notas relacionadas: Ángel Rama, Ramos Sucre y el gomecismo | Ramos Sucre y la nostalgia heroica I (Juan Calzadilla).

Ramos Sucre y la nostalgia heroica I (Juan Calzadilla)

1Para quien vive intensamente, unos cuantos años de permanencia sobre la tierra, bastan y sobran. Un húmedo día europeo, el mismo que cumplía cuarenta años de edad, Ramos Sucre va al encuentro de su muerte, como si seguir viviendo hubiera significado para él un caro e insoportable sacrilegio. Vivió Ramos Sucre heroicamente, si se entiende por héroe, no a quien muere en el campo de batalla, sino a quien se enfrenta con su propia angustia de ser hombre. Por demás, la escasa obra de Ramos Sucre nos recrea nuevamente el viejo enigma humano entre pensamiento y existencia, entre acción y contemplación y quien en medio a ese conflicto enorme se debate en silencio no podría ser llamado por otro nombre que el de héroe.

2. En gran parte la poesía constituye un acto de frustración ante la vida. No poder elegir la acción es siempre el destino y la tragedia de toda poesía. Con menos demonio, con menos imaginación, Ramos Sucre hubiera pasado a la posteridad cubierto con la poco halagadora aureola de discreto historiador; cien años antes hubiera podido llegar a ser un héroe de la Independencia, semejante a Bermúdez. Comienza por confundir Historia y Poesía: porque de hecho la historia era para él una manera de reactualizar y revivir en sí mismo un pasado ideal. Pero no siempre el lenguaje de expresión es el idioma de la historia. Ramos Sucre no puede expresarse de otra manera que no sea por medio de una viva imaginación que fantasea a todo trance y que escapa al contacto de lo real. Con el lenguaje, en suma, sólo ha logrado dar libre cauce a sus propias emociones profundas. Para un poeta la vida de la imaginación es más importante que la vida de la historia. Ramos sucre transforma así pues, las cosas de ese acaecer simple de los hechos, en los signos y en los símbolos de su propio deslumbramiento. Quería únicamente encontrarse con los héroes, identificarse con ellos, encarnarlos viviendo sus pasiones y por el acto mismo de imaginarlos. La historia le seduce y esta seducción con el tiempo deviene en convicción de trágica incapacidad no sólo para comprender el pasado, sino también el presente.

La poesía es el camino que media entre la historia y el mito. Las lecturas lo transportan a escenas en donde el misterio finalmente tendrá lugar y la descripción de los ignotos y apartados países donde oscuros y siniestros mitos ocurren, serán su nueva obsesión desde el mismo momento en que descubre la poderosa magia vital que encierra esa rara forma de poesía.

Tomado de Ramos Sucre ante la crítica, pp. 72-73.

* Notas relacionadas: Ángel Rama, Ramos Sucre y el gomecismo.

Ifigenia y Agamenón

Las alusiones sacrificiales en Del ciclo troyano son dos. Ifigenia es la primera y evidente, sobre todo la Ifigenia en Táuride (también conocida como Ifigenia entre los tauros) de Eurípides: llevada con el pretexto de su matrimonio con Aquiles, tarde se le revela su verdadero destino, pero en el momento del sacrificio una cierva la sustituye como víctima. Eurípides atribuye el prodigio a Artemisa: “me pusieron sobre una pira y me iban a matar a espada. Pero Artemis me arrebató, y entregó a los aqueos una cierva en mi lugar”, dice Ifigenia; Ramos Sucre lo atribuye a un ardid de la madre: “Clitemnestra salva a su hija con valiente superchería, y medita años continuos el desquite”. Esta versión, conviene tenerlo presente, socava el motivo que Clitemnestra, en el Agamenón de Esquilo, invoca para justificar su venganza.

La otra alusión es sutil o casi secreta: la muerte de Agamenón. Su carácter sacrificial, en la mencionada obra de Esquilo, ha sido señalado abundantemente por la crítica.

Al respecto, el mejor trabajo sigue siendo el de Froma Zeitlin. Ella destaca, entre otros detalles, que la matanza realizada por el cachorro de león es vista como proteleia, palabra que designa “sacrificios preliminares, pero especialmente los ejecutados antes de una ceremonia matrimonial”. Proteleia es también el término con que Agamenón se refiere a Ifigenia, quien en lugar de ofrecer proteleia pasa a ser sacrificio preliminar de los aqueos.

Al cachorro se le nombra hiereus, el sacerdote que preside el sacrificio del sphageus. Vale recordar que Casandra se refiere a Clitemnestra como la “leona de dos pies”, enlazándola con la parábola del cachorro, y que Ramos Sucre, conocedor del griego, escribe que “Clitemnestra espera en su cubil de leona”. Por último, la reina describe el asesinato con términos rituales: la sangre de Agamenón es una libación, y la tres puñaladas aluden a las tres libaciones que se ofrecían en los banquetes.

Zeitlin examina otras escenas y términos que confirman la visión sacrificial que Esquilo tiene de la muerte de Agamenón. Ellas justifican su hipótesis sobre el motivo de lo que llama sacrificio corrompido: “los hechos violentos de derramamiento de sangre son presentados no como asesinatos, sino como asesinatos con ropajes sacramentales, es decir, como matanzas rituales”.

Cualquier lectura de Del ciclo troyano debe tomar en cuenta estas secreta alusiones. Ellas brindan, por ejemplo, una visión distinta de la conexión que establece Ramos Sucre entre Ifigenia y Polidoro.

* Notas relacionadas: Esquilo y Eurípides en Ramos Sucre | Un remake de Ramos Sucre.

Ángel Rama, Ramos Sucre y el gomecismo

Ángel Rama, en un lapsus crítico, anota que el “acecho fatídico de Clitemnestra” en Del ciclo troyano es de procedencia mitológica; mi nota previa corrige esa inexactitud: la reconstrucción de Ramos Sucre se inspira en el Agamenón de Esquilo. Quiero advertir ahora que esa corrección sólo es posible si seguimos escrupulosamente uno de los principios que guiaron a Rama: leer a Ramos Sucre en relación con su sociedad y su tiempo. Serle fiel a Rama implica profundizar o exceder sus observaciones o juicios. He aquí unos ejemplos.

Rama fue de los primeros en señalar que la temática de la heroicidad en Ramos Sucre es una “nota característica de la época” gomecista. Pudo haber ido más lejos: pudo haber observado que es también característica del siglo XIX venezolano. En dicho análisis le hubiera sido útil el trabajo de Carrera Damas sobre el culto a Bolívar y el tratamiento mítico de héroes y eventos de la Independencia por políticos, historiadores y escritores del siglo XIX, un tratamiento de cuya “derivación mitológica” y “concepción teológica de la historia” hay ecos en Ramos Sucre.

Sobre este punto, Rama notó las afinidades entre el poeta y Laureano Vallenilla Lanz. Pudo ir más lejos, y en apoyo de esa tesis, haber indicado la relación entre los textos de Vallenilla Lanz sobre el papel fundacional de la violencia y la análoga pero más escéptica reflexión de Ramos Sucre en “Ni el derecho ni la fuerza”. (A quien considere realizar dicho análisis, le recomiendo las indispensables páginas de Arturo Sosa sobre Vallenilla Lanz y la violencia.)

Por todo lo anterior, Rama cuestionó los juicios categóricos sobre Ramos Sucre como poeta que evade su tiempo y su sociedad. En ese espíritu pudo haber señalado que a un año de la severa represión del movimiento estudiantil de 1928, Ramos Sucre publicó un texto titulado “El disidente”, cuyo tema es la persecución de hechizados y posesos y su esfuerzo por “despistar los satélites de un poder asombradizo”, que satélite es palabra latina por “guardián de un príncipe” y en francés es el hombre armado que sirve con violencia el despotismo de otro, y que una de las justificaciones del régimen gomecista para someter inflexiblemente el levantamiento estudiantil fue prevenir la difusión de trastornadoras doctrinas políticas. (La reforma constitucional de mayo de 1928 prohibió la propaganda del anarquismo y el comunismo.)

Serle, pues, rigurosamente fieles a Rama, implica profundizarlo o excederlo. Ello implica, por último, desbordar las perspectivas de representación, determinación, expresión o reflexión que rigieron su examen —y nuestro examen— de Ramos Sucre: queda, por ejemplo, ubicar la obra del poeta entre las que forman parte del discurso sobre el gomecismo, o mejor aún, entre las que forman o contribuyen con nuestro discurso sobre el gomecismo. ¿No podrá acaso examinarse su tratamiento de la crueldad y la represión en relación o junto con Las memorias de un venezolano de la decadencia?

Una diferente historia o análisis de Ramos Sucre y el gomecismo, que sea fiel al espíritu de Rama, profundizándolo o excediéndolo, todavía está por escribirse.

* Notas relacionadas: Esquilo y Eurípides en Ramos Sucre | Un remake de Ramos Sucre.

Esquilo y Eurípides en Ramos Sucre

Ángel Rama afirma que Del ciclo troyano “revela desde el título su origen aunque la reconstrucción del acecho fatídico de Clitemnestra pertenece a las historias mitológicas más que a una de las epopeyas homéricas”. La parte final de ese dictamen es correcta: “Del ciclo troyano” no reconstruye el episodio de Clitemnestra a partir de la obra de Homero.

La conjetura mitológica, sin embargo, es vaga cuando no inexacta, tanto en el caso de Clitemnestra como en el de Polidoro. Con respecto al último, D. J. Conacher informa que “el episodio de Polixena [en la Hécuba] es la parte más tradicional de la trama y el toque más original de Eurípides es su mezcla de ese mito con la historia de Poliméstor”. Tómese en cuenta que no hay registro de esa historia fuera de la Hécuba sino hasta el siglo II A.C., en que Pacuvius escribe la Ilione. Eurípides inventó, pues, las circunstancias de la muerte de Polidoro así como Ramos Sucre inventó su amor por Ifigenia.

En cuanto a Clitemnestra, hay en Del ciclo troyano claras referencias al Agamenón de Esquilo. Una: Ramos Sucre dice de la reina que “Espera en su cubil de leona durante el decenio de la lid fatal”; Casandra emplea una descripción semejante: “Esta leona de dos pies que yace con el lobo, por ausencia del león generoso”. Estas palabras son, además, un eco de la fábula narrada por el Coro acerca del hombre que crió un cachorro de león y que con el tiempo ejecutó una matanza en la casa.

Otra referencia: Ramos Sucre escribe que “el crimen acontece la noche misma del regreso y sigilosamente, en medio del angustiado clamor de los pájaros nocturnos, de vuelo disparado y errátil”; Esquilo nos deja saber a través del Coro que las aves que sacrifican a una liebre y sus crías representan a los Atridas.

El “acecho fatídico de Clitemnestra” en Del ciclo troyano pertenece, entonces, menos a las “historias mitológicas” y más a las del teatro de Esquilo.

* Notas relacionadas: Un remake de Ramos Sucre | Del ciclo troyano (el texto).

Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado III (Tomás Eloy Martínez)

Es entonces cuando resuelve desprenderse del padre y de la madre.

La relación que siempre había establecido con el padre era de resentimiento: nunca pudo (nunca quiso) perdonarle la pobreza que dejó como herencia, ni el abandono a que lo sometió desde los diez años, cuando lo puso en manos de un tío eclesiástico —en Carúpano— para que lo educara. Tampoco toleró que lo relegara en la jerarquía de los afectos, y que prefiriera a Trinita, la hermana mayor. Lo que objetaba en el padre, pues, no era lo que éste había hecho sino lo que había dejado de hacer: veía en el descuido de las propiedades familiares y en la ligereza con que el padre había rehuido la responsabilidad de educarlo y de criarlo, una señal grave de pereza interior. Así, la sensación de desamparo por la que vivió embargado provino menos de ese desamparo (por otra parte real) que de la falta de una imagen viril a la cual aferrarse.

En la relación con la madre hay continuas emanaciones de odio. Ella había inculcado en los hijos la idea de que el linaje era suficiente para justificar todas las privaciones y las represiones. Vivía, al parecer, dormida en los laureles de su tío-abuelo, el Gran Mariscal de Ayacucho, y consideraba que la ropa, la comida y los afectos cotidianos eran trivialidades propias de los seres sin abolengo.

Pocos sentimientos son más sociales y menos innatos que el de la aristocracia. José Antonio, que envidiaba «el hogar sedante y tolerante» de los amigos de la infancia, no entendió jamás las miserias a que era sometido en nombre de las hazañas de su antepasado. Le afectó que en la casa no se comiera «’jamás’, ni aun en días de dinero» y que la madre reprimiera en él cualquier ensayo de cortejo a las «muchachas fáciles». Débil para alzarse contra un Poder tan imperioso, encontró en la escritura la única forma de venganza: en los ocho textos que consagró al heroísmo venezolano, no hay una sola mención al Gran Mariscal, a menos que se entienda como tal —en el «Laude» de La Torre de Timón, escrito para honrar la insumisión de Bolívar— este párrafo misterioso: «Para los mansos la medalla de la buena conducta; para nuestros héroes el monumento elevado y la estatua perenne». Esa omisión es también una forma de autocastigo: al desprenderse de todo vínculo con su linaje, al rechazar las ventajas de la gloria heredada, Ramos Sucre debe asumirse como lo único que no quería ser: un huérfano. Lleva a tal extremo esa ruptura con el clan familiar, que jamás menciona a la madre sino con el nombre completo, Rita Sucre. Aun en las cartas a Lorenzo, su hermano, la madre aparece siempre como una criatura lejana —aunque capaz de ejercer a distancia su tiranía—, a la cual no convienen ni los adjetivos de compasión ni los verbos de afecto.

Sin identificación posible con un modelo femenino, Ramos Sucre adopta una conducta y un lenguaje de mero buen tono hacia la mujer. Toda mujer será un objeto deseado pero imposible. En ese deseo no habrá el menor asomo de posesión (porque poseer involucraba para él comprometerse), sino una simple necesidad de reconocimiento. Las cartas a la prima y al hermano abundan en párrafos significativos: «Yo he sido querido, admirado, compadecido por bellísimas mujeres. María del Rosario Arias (…) se asombró de mi humanidad y amenidad al conocerme» (a Lorenzo, octubre 25, 1929). «Gladys (…) debe poseer algún conocimiento de los que sirven para ganar la vida y adquirir conocimientos decorativos. Es necesario que sea un animal robusto» (a Lorenzo, abril 28, 1930. Las dos últimas palabras están subrayadas en el original). «Te ruego que no permitas la leyenda de que soy antropófago y salvaje y enemigo de la humanidad y de la mujer» (a Dolores Emilia, junio 7, 1930).

Es un misógino, para quien hombres y mujeres son igualmente perturbadores; un solitario, que ha aprendido dolorosamente a desdeñar todo placer que esté fuera de sí mismo, porque al elegirse Escritor ha renunciado también a cualquier poder que no sea el de la escritura. Una de las explicaciones más sutiles (y nítidas) de ese aislamiento voluntario, que desembocará en una renuncia absoluta de la sexualidad y del amor, se desliza —como al pasar— en la carta a Lorenzo del 20 de marzo de 1929: «Para salvar mi sueño, me he visto en el caso de alquilar la vivienda contigua de la mía, mucho más espaciosa y mejor amueblada. De ese modo evito el peligro de su habitación por dos personas al mismo tiempo, de donde vendría el diálogo en la noche y mi enfado». Ramos Sucre teme al sonido del amor, a las evidencias del amor, a la certeza de que el amor está en los otros, pero le ha sido vedado.

Sin embargo, persiste además en él cierta vergüenza por mostrarse socialmente como es: sólo por desesperación habla de su misoginia, su frigidez y su desafecto. En la estructura de poder que había levantado, la cortesía y la soledad eran posibles. No el desdén por el machismo. El poder político que le servía de contrafigura era ejercido por un patriarca también solitario pero prolífico, por un campesino para quien la familia era un objeto más de su gran hacienda y el sexo un patrimonio que debía ejercerse con plenitud.

Sobrevivir sin mella en esa atmósfera le exigió una perfecta e incesante simulación. Construyó su reino a partir de un prolijo asesinato de la realidad. Nada de lo que era merecía serlo. Investigó, para salvarse, las realidades que otros habían engendrado con palabras, en los libros y en los atlas. Desconfió de la lengua que le habían enseñado y se aplicó a desentrañar las lenguas ajenas. Trató de encontrarse a sí mismo (al Ramos Sucre que él estaba recreando) en el latín y el griego, pero cuando advirtió que en ambos había demasiados ecos de las voces familiares (las sombras eruditas del padre y del tío) derivó hacia el alemán, el danés y el holandés.

Apenas sintió que podía anclar confiadamente en su propia imaginación, se entregó al riesgo de la doble vida: por fuera, compartió la rutina de sus contemporáneos —las pensiones de Caracas, las retretas del domingo en la plaza Bolívar, el trabajo monótono de la oficina—; por dentro, organizó un planeta de mandarines y de pintores flamencos, de ánades y lobos, de jinetes ucranianos y princesas en palanquín. En ese paisaje cabían todos los tiempos: desde las cavernas del pithecantropus hasta las desmesuras de la Rusia zarista.

Pronto, imaginación y vida entraron en conflicto. Los horizontes que había soñado empezaron a llamarlo imperiosamente. El tedio del país natal se le volvió intolerable. Para resolver la pugna, decidió viajar a los reinos ilusorios que aparecían en sus poemas. Contemplarlos de frente y sentir que eran idénticos a la torpe realidad que había dejado atrás, fue suficiente para fulminarlo. El 9 de junio de 1930 rindió las armas. Ante el feroz argumento de que la Realidad existía, su Imaginación se había quedado sin defensa.

* Notas relacionadas: Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado I (Tomás Eloy Martínez) | Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado II (Tomás Eloy Martínez).