1930 de Gustavo Valle

Durante las últimas semanas, han aparecido en la blogósfera diversos textos sobre Ramos Sucre y la novela de Rubi Guerra, La tarea del testigo. Ya publiqué la reseña de Carolina Lozada. Ahora le toca el turno a Gustavo Valle, ganador de la Bienal de novela Adriano González León 2008 con Bajo tierra, y quien dejó esta nota hace pocos días en su blog, The cuatreros.

Hace varios años, cuando vivía en Madrid, me dio por ir tras la pista de José Antonio Ramos Sucre en Europa, sin duda la etapa más oscura y enigmática en la vida del poeta. Sin yo ser una especialista (ni en Ramos Sucre ni en nada parecido o desaparecido) tuve la disparatada idea de despejar las huellas mejor borradas de nuestro poeta cumanés, y lo primero que se me ocurrió fue escribir al Troppeninstitut de Hamburgo:

Hola, soy profesor del Colegio de Altos Estudios de Cultura y Literatura Venezolanas (mentí), dedicado a la vida y obra del poeta J.A.R.S (mentí otra vez), quien estuvo internado en esa institución en 1930. Cualquier información, por mínima que esta sea, me será de enorme utilidad. Gracias.

Me respondió la jefa del servicio de comunicaciones del Troppeninstitut con una puntualidad germana. Pero sus noticias eran desalentadoras: los archivos del instituto correspondientes a 1930 habían desaparecido en un incendio tras el bombardeo que destruyó buena parte del edificio (y de la ciudad) en 1943.

Tras este tropiezo, intenté ponerme en contacto con alguna persona en Merano (norte de Italia, provincia de Bolzano), el lugar donde Ramos Sucre fue a respirar los aires salutíferos de la montaña, por recomendación expresa de los doctores de Hamburgo. Di con las señas del cronista de aquella ciudad bilingüe (límite entre Italia y Austria), y me presenté como un “Doctor en Lenguas Romances, encargado del área de investigación histórica y literaria de la Universidad Pontificia de Caracas, y líder del proyecto de reconstrucción de la memoria de los poetas latinoamericanos, capítulo Venezuela”.

El cronista (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, pero a quien podemos llamar Enrico, el buen Enrico) se tomó el tiempo, el trabajo, la paciencia y el entusiasmo de rastrear algún vestigio de nuestro bardo cumanés en aquel bucólico pueblito.

¡Albricias! Al cabo de dos semanas llegaron a mi buzón de correo, escaneados, un mapa antiguo de Merano, dos fotos de la época del sanatorio donde Ramos Sucre estuvo internado, la cartilla de médicos que atendía por aquella época, y una lista de los tratamientos que dispensaban a los pacientes que pasaron por allí en 1930. De este último documento se podía inferir qué tipo de tratamiento había recibido el malhadado José Antonio.

No es difícil imaginar que nuestro poeta sufría una depresión extrema, aunque esto nunca se dijo, y yo no soy quién para afirmarlo. Pero pienso que si le hubieran diagnosticado algo parecido a eso, habría recibido una paliza de electroshock, tan común para la época. Por suerte los egregios médicos alemanes equivocaron el diagnóstico, y no fue necesario semejante animalada.

Con todos esos documentos en mis manos, y junto a otros que Enrico prometía enviarme a la brevedad pero que nunca envió, fantaseé con la literaria idea de un Ramos Sucre paciente de Freud, o de Jung, y herví mi cabeza pensando en escribir algo, una especie de La montaña mágica (montañita, más bien) donde el poeta, cual Hans Castorp, echado en las tumbonas del sanatorio (el de Merano, por las fotos, era un verdadero spa de lujo, muy parecido al de la novela de Mann) dialogara con otros enfermos, y sobre todo dijera cosas tan increíbles como las que decía en sus poemas.

Sin embargo, el asunto del género me atormentaba: ¿qué iba escribir? ¿una novela? ¿un cuento? ¿acaso una docu-ficción? (¿existe algo llamado así?) En algún momento tuve la ilusión de tener en mis manos una primicia (eso pensaba en mi tonta cabeza), un tubazo, como dicen los periodistas, y por lo tanto lo más indicado hubiera sido realizar un extenso reportaje que pudiera vender a diversos medios (en aquella época necesitaba vender hasta mis calcetines).

Recuerdo que una vez estuve a punto de pasarme por Merano, incluso cuadré una reunión con Enrico, quien me ofreció alojamiento en su casa. Pero al final no se qué diablos pasó, no tuve tiempo ni dinero, quizás tampoco ganas, y nunca conocí Merano. Y como la realidad suele tener la forma de una inmensa muralla (y muchas veces la de un abismo) no hice absolutamente nada, dejé el tiempo pasar y no escribí ni una línea. Además, a los pocos meses me separé, y tras mi salida de Madrid esos documentos quedaron en un limbo, completamente inaccesibles.

Ahora no tengo nada. Ni fotos escaneadas, ni docu-ficción, ni reportaje. Nada. Ni siquiera el e-mail de Enrico. Sólo me quedan estas desbaratadas anécdotas que, como mucho (aunque no es poco) servirán para tomarme unas birras con mi amigo Rubi Guerra, narrador de raza para quien no fueron necesarias ni fotos escaneadas, ni cartillas médicas, ni remotos tratamientos italianos para escribir su premiada novela La tarea del testigo.

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La tarea del testigo fue Premio de Novela Rufino Blanco Fombona. Se puede leer la reseña (también premiada) de Carolina Lozada acá.

Juan Sánchez Peláez y Ramos Sucre

Guillermo Parra, autor del blog Venepoetics, comparte con nosotros una anécdota sobre el poeta Sánchez Peláez y Ramos Sucre:

He estado trabajando en traducciones al inglés de Juan Sánchez Peláez y por eso he conocido a su viuda Malena. Hablando con ella hace unos meses en Caracas, me dijo que cuando Juan era niño vio a Ramos Sucre en la plaza Bolívar. Iba caminando con sus padres y ellos le dijeron: “Ese señor que esta allí es el poeta Ramos Sucre”. Me encanta imaginar esa escena, Sánchez Peláez y Ramos Sucre en la plaza Bolívar. Trato de imaginar qué habrá pensado ese niño al ver ese hombre vestido de negro.

Amplío la interrogante de Guillermo. Trato de imaginar qué impresionó a Sánchez Peláez: si la frase “ese señor es poeta”, si el respeto de sus padres por ese oficio, si la insinuada exhortación en esas palabras, si la intriga por la conjugación del hombre y la palabra “ramos” y el color negro, si el hombre vestido de negro meditando poemas, si la ignorada o incomprensible llamada de un destino…

* Notas relacionadas: Biografía de Ramos Sucre por Guillermo Parra en el blog del Project for Innovative Poetry.

La tarea del testigo. La reseña de Carolina Lozada

Las alusiones a Ramos Sucre en La tarea del testigo, novela de Rubi Guerra y ganadora del premio de Novela Corta Rufino Blanco Fombona del 2006, se exploran brevemente en esta reseña de Carolina Lozada, ganadora del II concurso de reseñas del equipo de ReLectura y del Grupo Editorial Santillana. Reproduzco por su temática el texto de Carolina, que se encuentra en el magnífico blog de reseñas 500 ejemplares.

Escribir sobre personajes entrañables, e incomprendidos en su época, supone un arduo trabajo de búsqueda y reconstrucción. Un acto que implica adentrarse en otros tiempos, otros contextos, otros cuerpos y miradas. Rubi Guerra así lo entiende y de este modo lo asume en La tarea del testigo (Caracas: El perro y la rana, 2007). Novela que narra el viaje hacia Ginebra, la enfermedad, el tránsito por los sanatorios europeos y los últimos días de un sugerido José Antonio Ramos Sucre, a quien el autor tiene el pudor de nombrar sólo con dos iniciales: J.A. En su narración, Guerra apela a un amplio repertorio de estilos: lo que leemos de las dificultades de esa travesía, entrecortada por el insomnio y las dolencias, está contado en cartas, en relatos oníricos y en descripciones salidas de historias del cine (en especial de “M”, de Fritz Lang, y “El gabinete del Doctor Caligari”, de Robert Wiene).

Ganador del Concurso de Novela Corta Rufino Blanco Fombona (2006), el libro de Guerra conjuga la brevedad de sus 92 páginas con la hondura del expresionismo alemán, cuyos mundos distorsionados por la pesadilla sirven de contexto a la historia contada. El desequilibrio onírico es de gran utilidad en la descripción de la estadía de ese hombre enfermo y atormentado en tierras extranjeras. Así se puede justificar el carácter casi sobrenatural de las aventuras del Cónsul J. A., a veces solo, otras acompañado de un personaje checo, Konrad Reisz, uno de los pacientes que comparte con J.A. la permanencia en la clínica de Merano. Juntos viven sucesos de tinte fílmico, como actos de espionaje y persecuciones. La presencia de Reisz deja entrever una posible reinvención a partir de otro checo: Kafka.

Todos estos elementos permiten apreciar cómo el autor apuesta por una técnica en la que las variadas alusiones a la literatura y al cine enriquecen la significación del texto. La novela de Rubi Guerra es por ese motivo al mismo tiempo ficción y metaficción. El acertado manejo de estos recursos hace de La tarea del testigo una obra compleja y a la vez sutil, escrita igualmente con esmero, sobriedad, precisión y soltura. Su punto más alto se halla en el final, cuando la muerte definitivamente le gana la batalla a J. A. Allí las páginas refieren el encuentro decisivo entre el narrador (el testigo del título) y ese hombre narrado, convaleciente en una cama, en la oscuridad de sus días de junio:

Me sorprendo de cómo se ha encogido tu cuerpo: desaparece en las sábanas en un gesto de infinita discreción. Persigo algo que decir una palabra definitiva que convoque el sentido de belleza, de la vida o de cualquier otra cosa —y no se me ocurre nada. Tú abres una vez más los ojos y me miras con serenidad, con extrañeza, tal vez con afecto, como desde el otro extremo de un puente muy lejano (pág. 86).

La conversación transcurre como una confrontación hecha de manera retrospectiva, desde el presente del narrador, cuando se sabe ya cuál ha sido el destino de la obra de J. A. y cuál fue su papel en la historia política de su país de origen. Ese momento representa la confesión vital del vínculo que existe entre un autor y aquello que imagina. Estas últimas páginas de La tarea del testigo consiguen anclar al lector en medio de ese puente entre dos tiempos y entre dos distancias, entre esas dos voces: la del personaje que agoniza y la del testigo futuro de una convalecencia lejana.

La crítica de símbolo y alegoría en Ramos Sucre: El aporte de Gustavo Luis Carrera (i)

La obra de Gustavo Luis Carrera la integran cuentos, novelas y ensayos. La palabra opuesta, Almena de sal y La partida de Aurora evidencian su pasión por el cuento; Viaje inverso y Salomón, por la novela; La novela del petróleo, Imagen virtual y El signo secreto, por el ensayo. Este último reelabora y amplía las ideas que planteó en su ponencia de 1978, “El símbolo en José Antonio Ramos Sucre. Consideraciones a la luz del capítulo ‘La crisis romántica’ del texto Teorías del símbolo, de Tzvetan Todorov”.

Allí Carrera estableció los fundamentos de posteriores lecturas y estudios sobre el símbolo y la alegoría en Ramos Sucre. Ese lugar canónico lo otorgan referencias como la de Martha Canfield, quien cita a Carrera para afirmar:

Varios críticos han reconocido la ascendencia romántica del sistema poético de Ramos Sucre . . . , y aunque no siempre coincidan los aspectos románticos tomados en cuenta, en algo, creo, podemos estar todos de acuerdo: en la correspondencia efectiva de nuestro poeta con la estética romántica del sueño, de la subjetividad y del símbolo.

En ese sentido, Gustavo Luis Carrera es menos un nombre o un punto de referencia que un movimiento o tendencia crítica. De ahí que señalar los aciertos del artículo seminal implique un reconocimiento no sólo a Carrera sino a otros lectores y estudiosos de Ramos Sucre, y señalar sus debilidades implique no el rechazo maniqueo o la puntualización de desacuerdos, sino el reconocimiento de escollos y oportunidades para un inédito examen del poeta.

Examinar el texto de 1978 con fidelidad a Carrera, a sus aciertos e insuficiencias —¿hay acaso otra forma de homenaje intelectual?—, será entonces la tarea de mis próximas notas.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (i) – Gustavo Luis Carrera | Alegoría en Ramos Sucre: la expulsión (1).

Biografía de Ramos Sucre por Guillermo Parra en el blog del Project for Innovative Poetry

Guillermo Parra, autor del blog Venepoetics, ha escrito una biografía de Ramos Sucre para el blog del Project for Innovative Poetry. La biografía está acompañada por la traducción de cuatro poemas de Ramos Sucre.

Para facilitar el acceso a esta biografía, dejo aquí el enlace: José Antonio Ramos Sucre en el Project for Innovative Poetry.

También dejo el enlace a la nota de Guillermo en su blog: Nota en Venepoetics sobre Ramos Sucre en el blog del Project for Innovative Poetry.

El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (v) – Gustavo Luis Carrera

V. A fin de cuentas, no debe sorprender la profunda y decisiva correspondencia entre Ramos Sucre y la estética romántica del sueño, de la subjetividad y del símbolo. Como bien destaca Todorov, se trata de una estética con un siglo de adelanto, que abre una concepción todavía no cerrada en nuestros días. ¿Y cabría una más eficaz y sugerente caracterización de los textos poéticos de Ramos Sucre que la dedicada, proféticamente, por Novalis a las futuras composiciones literarias?

Relatos descosidos, incoherentes, con tantas asociaciones como los sueños. Poemas perfectamente armoniosos, simplemente bellos, de palabras perfectas, pero también sin coherencia ni sentido alguno, al máximo con dos o tres estrofas inteligibles, que deben ser como puros fragmentos de las cosas más diversas. La poesía, la verdadera, puede a lo sumo tener en conjunto un sentido alegórico y producir, como la música (…) un efecto indirecto.

Consecuente con esta búsqueda secreta y oblicua de la realidad —y sobre todo de sus propias realidades—, Ramos Sucre no sólo se afirma sobre el símbolo en su expresión primigenia de palabra clave y de unidad constituida por el sintagma simbólico, sino que imbrica secuencias simbólicas hasta lograr la totalidad, la estructura llevada al cunjunto del símbolo metafórico, a la obra simbólica en esencia e integridad. Magnífica muestra de esta plenitud es el poema en prosa “El sopor”, visión del propio poeta en su dimensión sensible, histórica, cultural y estética, símbolo de lo individual de la poesía, en consecuencia; y cuya lectura será el más estimulante término de estas consideraciones cumplidas en compañía de Tzvetan Todorov y en pos del quimérico José Antonio Ramos Sucre.

No puedo mover la cabeza amodorrada y vací. El malesta ha disipado el entendimiento. Soy una piedra del paisaje estéril.

El fantasma de entrecejo imperioso vino en el secreto de la sombra y asentó sobre mi frente su mano glacial. A su lado se esbozaba un mastín negro.

He sentido, en su presencia y durante la noche, el continuo fragor de un trueno. El estampido hería la raíz del mundo.

La mañana me sobrecogió lejos de mi casa y bajo es ascendiente de la visión letárgica.

El sol dora mis cabellos y empieza a suscitar mis pensamientos informes.

Caído sobre el rostro, yo represento el simulacro de un adalid abatido sobre su espada rota, en una guerra antigua.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (iv) – Gustavo Luis Carrera.

El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (iv) – Gustavo Luis Carrera

IV. Esta noción del símbolo en Ramos Sucre corresponde, en consecuencia, con la proclamada por el romanticismo, y más precisamente con la sustentada por Goethe, en cuya obra, como dice Todorov, se encuentra la panoplia de las características de la concepción del símbolo correspondiente a dicha escuela y fundada de manera central en lo intransitivo, lo inefable, lo típico, lo inconsciente y lo indirecto. Todo ello afirmado, a fin de cuentas, en la peculiaridad de lo que Todorov llama el proceso de recepción y de interpretación, es decir en el paso de lo particular a lo general: proceso directo y obligatorio en la alegoría; proceso de segunda instancia o inconsciente en el símbolo.

Tal noción no sólo es rápidamente perceptible en Ramos Sucre, sino que se caracteriza por una reiteración enfática comprobable en el seguimiento sistemático de toda su obra poética, tanto en el plano estético de la esencia del producto de la creación —los textos y su conformación ideológica y sensible— como en el uso mismo del vocablo símbolo5. De otra parte, ratificación expresa de la categoría simbólica en el mismo sentido, se encuentra en los aforismos de Ramos Sucre recogidos con el nombre genérico de “Granizada”. Allí, la secuencia conceptual cumple la siguiente trayectoria: 1) el arte es “una enmienda del hombre a la realidad”, es decir: el arte es una suprarrealidad, posee sentido simbólico; 2) el arte es “individuante”, como lo es también el lenguaje, lo que equivale a una concepción particularizada, sin paralelo mimético, del arte a una correspondencia entre lenguaje y habla; 3) la lengua no tiene “existencia propia”, frente al “idioma abstracto, general e impersonal (…) existe el idioma singularísimo de cada artista del verbo”, es decir: una exaltación del código individual del habla frente a la imposición del código social de la lengua; 4) “el hombre ha inventado el símbolo porque no puede asir directamente la realidad”, o sea la culminación del proceso de subjetivación estética y expresiva en su relación oblicua con la realidad. Postura coherente de Ramos Sucre, no resulta difícil en función de la caracterización romántica propuesta por Todorov, detectar la evidencia del paso de la imitación sintomática de los antiguos a la imitación genética del romanticismo, con natural predominio de la función expresiva del lenguaje sobre la representativa (individualización y  no socialización), y por último la proclamación enfática del símbolo  como vínculo con la realidad como condicionante en un proceso semiótico de captación.

Si todo lo anterior traza un cuadro de evidente conexión doctrinaria y simbólica de nuestro poeta con postulados románticos, también se deriva de estas consideraciones algo que deseamos subrayar: en la producción poética de Ramos Sucre, el símbolo llega a ser el único verdadero sustento estético definido y suficiente como para servir de columna básica de su obra de quimética huida, como él mismo la llamó alguna vez.

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5 La presencia concreta del vocablo símbolo siempre dentro de la idea de representación emblemática, en la concepción de lo particular como vía progresiva hacia lo general, se observa en diversos textos de Ramos Sucre: “Sobre la poesía elocuente”, “La resipiscencia de Fausto”, “Marginal”, “Edad de plata”, “El tótem”, “La parvulista”, “La virtuosa del clavecín”, “El cautivo de una sombra”, “El clamor”, “Evangelio”, “La alborada”. Por contraposición, y en lo que ello pueda tener como significación en el plano de las afinidades del autor, alegoría sólo se menciona, específicamente, en oportunidades que no pasan de tres. ¿Coincidencia con la preferencia romántica por el símbolo sobre la alegoría? Cabe preguntárselo.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (iii) – Gustavo Luis Carrera.

El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (iii) – Gustavo Luis Carrera

III. Un acercamiento entre la noción del símbolo sostenida por los románticos y la evidenciada, y hasta declarada, por Ramos Sucre, puede conducir a significativos y reveladores resultados. Aproximación nada extravagante, como hemos comenzado a ver. No en vano, además, se muestra Ramos Sucre familiarizado con grandes románticos alemanes, y se declara como particular conocedor y admirador de Goethe.
Del contacto con filósofos del romanticismo, en especial con los alemanes, deja fe en su texto “Strum and drang” donde caracteriza como “sentimental” a la Europa del siglo pasado, y puntualiza: “En Alemania, semillero para entonces de filósofos distraídos y perplejos, abundaban naturalmente los weltbürger o ciudadanos del mundo”. Y termina calificando a Schiller y Shelley, de modo que suena mucho a autorretrato: “Descontentos, nebulosos y oratorios. Intrépidos y heraldos, videntes irritados, bajo el cielo tormentoso y engimático sostienen y vibran en la diestra un haz de rayos”. Pero es evidente la supremacía de la afinidad con Goethe, a quien menciona en distintos textos, por diversas vías de evocación y con calificativos de exaltación. Tratamiento reiterativo que también otorga a la figura legendaria de Fausto. Todo en un vínculo de familiaridad espiritual que culmina en la situación desarrollada en “La virtuosa del clavecín”:

Yo reconocí la sombra majestuosa de Goethe antes de sentirla mi confidente. El poeta augusto había meditado allí mismo los secretos de la naturaleza… y se había esforzado en consolar de la vida a un joven nostálgico, del linaje de Werther.

Y cabe entonces preguntarse ¿es Ramos Sucre ese joven nostálgico, del linaje de Werther? En todo caso, en este mismo texto acoge la posibilidad de adquirir “igual indiferencia ante la zozobra del mundo” a la de aquel “genio salubre”, dado a la gravedad y el sosiego; en suma, un paradigma4.

Y es del caso, dentro del tema que nos ocupa, que Ramos Sucre dejó una breve pero reveladora caracterización elocuente del símbolo, mientras en el otro tiempo y lugar Goethe fue uno de los pensadores fundamentales para la conceptualización romántica del símbolo. Veamos qué surge al aproximar proposiciones de Ramos Sucre, pertenecientes a su escrito “Sobre la poesía elocuente”, a postulados del romanticismo. Ello, dando por sentada la identidad entre imagen y símbolo, en la caracterízación de los signos en nuestros poetas, tal como él precisa.

Dice Ramos Sucre:

La imagen siempre está cerca del símbolo o se confunde con él, y, fuera de ser gráfica, deja por estela cierta vaguedad y santidad que son propias de la poesía más excelente, cercana a la música y lejana de la escultura.

Es evidente aquí la presencia del precepto romántico de la identidad: poesía-símbolo lo inefable, es decir que el contenido del símbolo va a la indeterminación y a lo mítico de lo indecible y escapa a la razón. Es la vaguedad que lleva a la sobreabundancia de sentidos y al permanente devenir de la concepción romántica de la poesía. De otra parte, no lejana del sentido de nuestras consideraciones, conviene destacar en este fragmento la aproximación de Ramos Sucre al fundamento musical del simbolismo y su separación, de modo “simbólico”, del parnasianismo escultural. Prosigue el texto el texto: “La imagen, expresión de lo particular, conviene especialmente con la poesía, porque el arte es individuante”. Aquí surge con toda claridad el concepto reafirmado por Goethe: el símbolo pertenece a la especie del ejemplo, es lo particular a través de lo cual se ve la ley general de la que emana. Y vemos presente a Moritz, cuando dice: “El arte es simbólico”; y a Schlegel, en su pretensión definidora: “hacer poesía no es otra cosa que un eterno simbolizar”; y al propio Goethe, en su énfasis convencido: “Toda poesía es o debe ser fundamentalmente simbólica”. Añade Ramos Sucre: Las imágenes son un

medio que puede enunciar la filosofía más ardua y comunica eléctricamente la emoción. La imagen es la manera concreta y gráfica de expresarse, y declara una emotividad fina y emana de la aguda organización de los sentidos corporales…

Algunos dialécticos la reprueban “considerándola de humilde origen sensorial”. Sobresale en este pasaje la afirmación del sintetismo romántico, la amalgama de los contrarios, en este campo de la pareja espíritu-materia; y en especial la índole sensorial del símbolo (equivalente de la imagen, como hemos señalado, para Ramos Sucre), tal como afirma Kant: “La representación simbólica no es (…) más que un modo de la representación intuitiva”; con la siguiente acotación de Todorov: “el símbolo es propio de la manera intuitiva y sensitiva de aprehender las cosas”. (página 236).

Finalmente, aun en la más pura coincidencia espiritual y estética con la postura romántica, Ramos Sucre no podía dejar de ser hombre de su época, curado del espejismo de la retórica y del artificio de la belleza vacua de la palabra por la palabra; y así lo establece en términos incontrovertibles: La imagen

nunca deja de ser un medio de expresión, y quien la use como fin, viene a para en retórico vicioso, en declamador.

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4 Referencias concretas Goethe se encuentran en sus artículos: “Ideas dispersas sobre Fausto”, “Estirpe procera” y “Sobre las huellas de Humboldt”; en sus textos: “La hija del cisne” y “La virtuosa del clavecín”; y en su carta a Luis Yepes. Es decir, en escritos que van de 1912 a 1930: el tiempo central de la vida intelectual de Ramos Sucre. Y para las alusiones precisas a Fausto se añaden los textos: “La resipiscencia de Fausto”, “La redención de Fausto”, “El sedentario”, “El exorcista” y “El talismán”.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (ii) – Gustavo Luis Carrera.

El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (ii) – Gustavo Luis Carrera

II. Con propósitos directos de aproximación a los fundamentos de la poesía de José Antonio Ramos Sucre, destacaremos, como lo hace Tzvetan Todorov en el capítulo “La crisis romántica” de su texto Teorías del símbolo, que si en la estética romántica puede hablarse de una piedra de toque, esa función corresponde al símbolo. En tal sentido, cabe afirmar que toda la estética romántica viene a ser una teoría semiótica, fundada en lo que es la proclamación de la época: el sentido intuitivo y la manera positiva del símbolo, a diferencia, sobre todo, del otro gran signo: la alegoría. Dice Todorov: … “para comprender el sentido moderno de la palabra símbolo, es necesario y suficiente releer los textos románticos. En ninguna otra parte el sentido de “símbolo” aparece de manera tan clara como en la oposición entre símbolo y alegoría, oposición inventada por los románticos”. (p. 235). Veamos algunos resultados de su exégesis.

El extraordinario trabajo expositivo y analítico de Todorov, de pleno poder convicente, lleva a comprender cómo los supuestos estéticos básicos del romanticismo se condensan en el símbolo, en una suerte de reiteración compendiada, de presencia del todo en la parte, es decir de representación simbólica, y valga la aparente redundancia, ya que con ella, en todo caso, estaríamos cumpliendo con el concepto romántico del contradictorio círculo hermenéutico: ¿Cómo conocer laparte si ella implica el conocimiento del todo, y viceversa? Situación que conduce, por asimilación, a subrayar el otro gran laberinto de la estética romántica: la poesía es indecible, ya que el arte expresa algo  que no se puede decir de otra manera, que no se puede traducir en palabras; y sin embargo la poesía emplea palabras, que tienen la capacidad de significar y representar. Oposición que se resuelve en consideraciones como la de Kant: la poesía emplea el lenguaje haciéndolo capaz de expresar lo indecible, lo estético; de allí que tenga una sobreabundancia de sentidos. Lo cual puede llevar a señalar que lo indecible provoca un desbordamiento del significante por el significado. Y lo que conduce a Novalis a establecer que “la crítica de la poesía es un sinsentido”, “no se puede hablar propiamente de poesía sino en poesía”. Mientras Todorov, apoyándose en planteamientos de Schelling y de Schlegel, llega a conclusiones diferenciadas: “Como el arte expresa lo indedible, su interpretación es infinita”; “la poesía se define por la pluralidad de lo sentidos” (p. 231). No es prematuro asomar desde ya, que la vía romántica nos adentra en la estética de la contradicción de los opuestos. Pero, prosigamos. Todorov subraya la importancia del gran precursor de la teoría romántica, el alemán Karl Philipp Mortiz (quien precede a Goethe en muchos aspectos), al afirmar que la gran ley del arte es convertir la finalidad externa en la finalidad interna, es decir la fusión de lo “heterotélico” y lo “autotélico”, términos opuestos por definición. Y cuando llega, en consecuencia, al gran principio dinámico, de espíritu dialéctico, destinado a poner el acento más en el devenir que en el ser: el arte es una “fusión de contrarios, la síntesis de los opuestos” (p. 191).

Pues bien, esa fusión y esa síntesis encontrarán la más intensa y efectiva representación en el símbolo. Expresa Todorov en tono concluyente: “Si se acepta que los rasgos principales de la estética romántica pueden reconocerse en las categorías (de)… producción, intransitividad, coherencia, sintetismo, expresión de lo indecible, se admitirá también que la noción de símbolo se opone a la de alegoría a través de una u otra de esas mismas categorías, y por consiguiente que esta noción concentra, ella sola, el conjunto, o al menos los grandes lineamientos de la estética romántica” (p. 259).

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (i) – Gustavo Luis Carrera.

El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (i) – Gustavo Luis Carrera

(Consideraciones a la luz del capítulo “La crisis romántica” del texto Teorías del símbolo, de Tzvetan Todorov.)

Gustavo Luis Carrera

I. En línea directa de captación, junto a las singulares condiciones de riqueza expresiva y de sostenida alta temperatura estética lograda por José Antonio Ramos Sucre en el poema en prosa, sobresale en sus textos la importancia básica del símbolo como sustento anímico e instrumental. No se trata ya del recurso simbólico como parte constitutiva de un modo de creación caracterizado en su producto final. En este sentido, resultaría por demás sencillo el señalamiento directo de tal presencia en la obra del cumanés. Es el caso de una correspondencia totalizadora que va desde la motivación gestadora hasta la obra acabada, abarcando toto el proceso de producción, signado por la pauta que lleva de lo particular a lo general, es decir: el recorrido específico de la esencia del símbolo.

De entrada, cabe destacar una ventajosa circunstancia que, felizmente, puede orientar en toda tentativa de acercamiento conceptual a la obra poética de José Antonio Ramos Sucre: sus propias entregas, dispersas y no pocas veces oblicuas, de autocaracterización espiritual y sensible en función de la escritura. No desdeñaremos, en esta oportunidad, tan generosa concesión de simpatía en aquel irreductible habitante de reinos distantes, siempre en lo alto y siempre a solas.

La peculiar condición de los textos poéticos de Ramos Sucre encuentra su mejor puntualización en el propio autor, cuando, en “La suspirante”, perfila una obra regida por: “sucesos extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios y narrados con semblante de parodia”, “pasajes burlescos”, “quimeras de la imaginación”, huida “de este mundo a otro ilusorio”, sin que nadie pueda “averiguar el derrotero” de la fuga. Y termina con este cuadro simbólico: la imaginación “vuela sobre los caminos cegados por la nieve y un búho solitario da la alarma en la noche fascinada por el plenilunio”. No es fácil producir una mejor caracterización descriptiva —la primera— y de signo representativo —la última— de esta poesía difusa, evasiva y enigmática. Naturaleza libre que asume el condicionante de su propia oscuridad expresiva y que se compadece a plenitud con la imagen del propio poeta: el yo enfático, de subjetividad altiva y de distancia guardada; la figura ignota, displicente, fuera del alcance perverso de lo común; la autovisión egocéntrica, misteriosa, a las puertas del mito; el pensamiento inefable que causa rechazo en los destinados a no comprender, y que es señal de la riqueza inagotable del espíritu; la adscripción a la estética de la crueldad extrema, espantable, vista como uno de los sustentos vitales del arte; la confesión de la pasión de la fantasía, fuerza primaria; el signo secreto, impenetrable, del artista y el sentido oculto, imposible, del arte 1. El cuadro de caracterizada sensibilidad romántica se hace evidente, con el invalorable refuerzo del autoperfil. Pero no es todo; en “El sigilado” leemos sobre composiciones líricas que revelan “el dejo y la apatía de la desesperanza, el deseo de una felicidad inaccesible”, y cuyo autor “se compara a un boyero de vida humilde y clandestina, zarandeado y desesperado por la suerte”. ¿Sería excesivo pensar que ese mismo poeta es Ramos Sucre? Como sin duda es el lapidario que dibuja “a golpes de cincel un signo secreto”.. “inventado para despertar en los venideros, porfiados en calar el sentido, un ansia inefable y un descontento sin remedio”. Muestras de evidente correspondencia con actitudes y objetivos muy definidos y manejados dentro de la estética romántica; aspecto en el que no ahondaremos en esta oportunidad, salvo en lo tocante a la figura de Goethe y al tema del símbolo 2.

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1Las citas textuales y las ideas sucesivamente registradas pertenecen a los textos de Ramos Sucre: “La ciudad de las puertas de hierro”, “La alborada”, “El sagitario”, “El hallazgo”, “Bajo la advocación de Saturno”, “Los celos del fantasma” y “El lapidario”.

2De otra parte, no sería la primera vez que se señalaría tal vínculo. Ya Argenis Pérez Huggins ha insistido —en trabajo inédito— en los contactos generales de la poesía de Ramos Sucre con los códigos estéticos del romanticismo alemán y francés, y muy especialmente en lo tocante a la esencia poética del sueño. El original señalamiento de Pérez Huggins, ha ido acompañado del de Osvaldo Larrazábal Henríquez, quien ha revelado —también en trabajo todavía inédito— nexos de la postura estética de Ramos Sucre con la de otros poetas venezolanos (o de éstos con él), sustentados todos por una sensibilidad equiparable y reveladora de identificación con una gran escuela o doctrina.

Memoria del III Simposio de docentes e investigadores de la literatura venezolana. Universidad de los Andes. Facultad de Humanidades y Educación. Instituto de Investigaciones Literarias. Mérida, 1978 (edición mimeografiada), Tomo II, pp. 268-282.
Citado de Ramos Sucre ante la crítica. Caracas: Monte Ávila, 1980. págs. 119-201.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (ii) – Gustavo Luis Carrera.