Ramos Sucre: muertes y correspondencias ignoradas

José Antonio Ramos Sucre murió el 13 de junio de 1930. La acción suicida, sin embargo, la ejecutó quizá la madrugada del 9, día de su cumpleaños. (Ese día llegó un telegrama a la Cancillería: “Nueva tentativa suicida de Ramos Sucre. Éste requiere tratamiento especial.”)

La intención simbólica de ese acto fue para él evidente, aunque no lo fueron necesariamente su significación o motivos. Por ejemplo: Debía ser obvio para él, admirador de héroes y celoso guardián de la genealogía familiar, que su nombre era la inversión del de su célebre antepasado Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho. ¿Pero hasta qué punto fue consciente de que intentar morir el 9 de junio de 1930 remitía no sólo a su fecha de nacimiento, sino también de manera imperfecta al 4 de junio de 1830, día en que el Mariscal murió asesinado en una oscura montaña colombiana? (En esa correspondencia quizá interviene lo simbólico de una manera literal: la posible confusión entre el 4 y el 9.)

¿Cuál nacimiento o muerte repetía o recobraba Ramos Sucre, acaso sin saberlo, ese día de junio de 1930?

La muerte de Sucre en Berruecos – (1895) Arturo Michelena

* Notas relacionadas: Una versión familiar de la muerte de José Antonio Ramos Sucre.

2 Comentarios

  1. Escrito 16/09/2009 a las 8:19 am | Enlace permanente

    fue un simbolo literario misterioso me encanta su letra como literata me atre sus pensamientos me identifico con el unefm

  2. Escrito 16/09/2009 a las 8:21 am | Enlace permanente

    leanlo se los recomiendo
    Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.
    Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
    Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión y peligro. No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad, mucho antes del término de mi juventud, retirándome a esta mi ciudad nativa, lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una campiña etrusca. La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisamente con una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia. La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su ausencia.
    La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos dispersos y confusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
    Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por un felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de la casa.

    José Antonio Ramos Sucre


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