El efecto del cabrío para Azazel

Leer “El disidente” como examen de lo que María Zambrano llamó la estructura sacrificial de la sociedad y la historia, con su “necesidad de que exista siempre un condenado”, nos enfrenta a un problema: el papel de nuestra lectura en esa estructura de inculpación. Planteado en términos de mis propios comentarios: los señalamientos a las lecturas condenatorias o indulgentes y a la expulsión de la alegoría (Alegoría en Ramos Sucre: la expulsión (1)), ¿no repiten los gestos de exclusión y condena? O dicho en forma más general: si el texto escenifica nuestra tendencia a establecer límites incontaminados y a la subsiguiente expulsión purificadora, ¿hay acaso manera de leer esa escena sin repetir fascinados sus conceptos y sus oposiciones —ortodoxia y herejía, satanismo y santidad, pureza e impureza— y su mecanismo de expulsión pacificadora? Ensayo mis respuestas: No, en tanto no hay manera de leerla sin correr el albur de dejarse fascinar por ellos y por su mecanismo tranquilizador. Sí, en tanto sea una manera de intentar comprender cómo el texto tolera o promueve o cede a las diversas repeticiones.

Desde esa perspectiva, reconozcamos que las lecturas indulgentes o condenatorias siguen a “El disidente” en todo, ya sea que avalen o transijan con la refinada crueldad, o que censuren la sutil o abierta indiferencia del poeta. Descartadas la malevolencia o la idolatría, ellas se inspiran, por lo general, en una práctica poética que la crítica reconoce en Ramos Sucre: los comentarios aspiran a ser, como observó Guillermo Sucre sobre los textos del poeta, “paráfrasis o glosa”, quieren ser “verdadera relectura”. Y en esto radica, creo, el principal escollo interpretativo: los textos de Ramos Sucre son una relectura o indagación de antiguos mitos e historias, pero esta relectura o indagación asume la forma de los mitos e historias leídos y examinados por él: las persecuciones medievales, la transgresión y la hoguera, la muerte del Cristo y la retórica de la Torah. Al respecto cabe observar que Ramos Sucre ha sido señalado frecuentemente de escoliasta o glosador; lamentablemente, no se ha observado con igual frecuencia que el escolio o glosa no están necesariamente reducidos a repetir o heredar sus fuentes: pueden también corregir o reflexionar sobre sus ideas, motivos, estrategias y limitaciones. Nada excluye, por tanto, que la relectura o escolio del poeta sea una puesta en escena crítica, reflexiva, de sus lecturas —de aquellas sobre la persecución medieval, por ejemplo.

¿Pero cuál es entonces la razón de que con tanta frecuencia se interprete que Ramos Sucre asume o aprueba los valores y actos escenificados en sus textos? ¿Por qué a este poeta se lo lee tan literalmente? Desechada la mala fe o la ingenuidad, y apuntada la función de los conceptos críticos como tabúes o instrumentos culturales del disimulo social de la violencia (Alegoría en Ramos Sucre: la expulsión (2)), queda examinar la participación del texto y del autor. Aquí creo útil la observación sobre el texto que asume la forma de los mitos e historias leídos por el poeta. Mi argumento lo guiará, además, un yerro parcial o paradójico de Guillermo Sucre. Para éste, los textos del poeta “no son exempla: no pretenden ilustrar el presente por medio del pasado, tampoco ofrecer un mayor conocimiento de éste”; dictamen al que se oponen las ya examinadas múltiples correspondencias alegóricas de “El disidente”. Pero fue el mismo Sucre quien perspicazmente observó

lo que separa a Ramos Sucre de la estética modernista: supo resolver el desnivel, que aún persiste en ella, entre el uso decorativo del mito y su visión estructural. Lo mítico, en Ramos Sucre, no es simple recreación cultural, sino un nuevo comienzo: a partir de la combinatoria, de la fabulación relacionante que hace posible el mito mismo;

y así insospechadamente justifica su primer juicio. En efecto, “El disidente” no ofreció ni ofrece una moraleja en apoyo de claras decisiones éticas o políticas; y ello es así, sobre todo, porque la combinatoria de elementos que permite una lectura de interés ético y social —cabrío emisario, ave del leproso, juicios de herejía, persecución— es inseparablemente la que promueve o tolera lecturas distintas o adversas: satanismo, inclinación al mal, y el gusto mórbido por el maltrato y la tortura.

Esta es sin duda la característica más incómoda e inquietante de la exploración de Ramos Sucre: ella aparenta ser una imposibilidad lógica, retórica y ética. El poeta quizá elige el término ‘cabrío emisario’ y las equivalencias ceremoniales con el ave del leproso para sugerirnos que el dogma o la herejía son los pretextos de nuestra sed ritual, y que las distinciones entre fieles y cismáticos, patriotas y apátridas, conformistas y rebeldes, son los espasmos de nuestras fiebres sacrificiales. Quizá emplea cabrío emisario para escenificar nuestra solución a la inestabilidad o colapso social y confrontar la justificación legal o moral del sufrimiento impuesto en tiempos de crisis a los más débiles, a los extraños o a los considerados política o socialmente amenazantes. Pero si es así, no finaliza su exploración con la aprobación o la condena: Ramos Sucre identifica nuestros problemas, nuestras respuestas y nuestras excusas, pero no formula códigos de conducta, porque tal vez le importa menos sugerir códigos que mostrar las condiciones que los determinan y las discriminatorias consecuencias de su aplicación.

Y quizá por ello le atrajo la indecisa naturaleza del cabrío emisario, su carácter de posibilidad y puente entre los polos y su indetenible juego de referencias virtuales: el cabrío que se aleja, el cabrío para entera remoción, el cabrío para ser llevado al desierto o montaña y ser despeñado, el cabrío para un demonio o que es un demonio, el cabrío para la poderosa furia o ira de Dios. Le atrajo, en suma, la víctima como medio que posibilita la reflexión poética sobre nuestra cultura, sociedad e historia, y también como medio que posibilita su distorsión, incomprensión o fracaso, porque ella suspende y mantiene las diferencias, sin superarlas, sin dar apoyo o lugar a una decisión o corte. Si aceptamos que Ramos Sucre vislumbró las subversivas posibilidades del cabrío para Azazel, comprenderemos que esa referencia erudita es menos el resultado de una fascinación enfermiza o estetizante que de una reflexión cuyo fin es algo más que la indignada condena o la exaltada aprobación de conductas y eventos. Esto, sin embargo, deja abierta la puerta para que nuestra nuestra lectura participe en la crisis imaginada y examinada por el poeta, reproduciendo las actitudes y mitos acerca de los cuales Ramos Sucre quizá sea profundamente crítico, y por qué no decirlo, escéptico.

* Notas relacionadas: Caper emissarius: el macho cabrío para Azazel | Censura poética | Ramos Sucre hoy | Disidentes, herejes y dictaduras.

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