He dicho que estamos autorizados a considerar las alusiones rituales en el contexto de persecución de herejes y posesos de “El disidente”, como la manera sutil, difícil y profunda que tuvo Ramos Sucre de aproximarse al problema de la persecución de la disidencia en la Venezuela del dictador Juan Vicente Gómez. Por ello creo que Guillermo Sucre acertó al escribir que el poeta “no se evade de la historia; por el contrario, supo interrogarla con prolijidad”, su indagación transforma la historia en “laboratorio”, aunque termine por desbordar lo histórico. Agrego que, en efecto, la exploración de Ramos Sucre desborda la historia, pero que siempre está al borde de ella, porque lo que María Zambrano llamó “la estructura sacrificial de la sociedad”, “la estructura sacrificial de la historia humana”, cobija y habita el texto del poeta.
Con ello quiero decir que “El disidente” reflexiona y escenifica la manera en que cualquier aproximación crítica repite los gestos de establecer límites, de determinar lo puro y lo impuro, y de eliminar o expulsar lo contaminado. La escena sacrificial refleja, bordea y reside en el texto de Ramos Sucre. Reside en el texto, en primer lugar, porque éste se presenta, gracias a una antigua tradición retórica, literalmente como víctima. Isidoro de Sevilla escribió que “X littera . . . figura crucem significat” (Etimologías I.iii.11), por su correspondencia con la llamada cruz decussata; de allí la asociación de la ‘X’ con el característico entrecruzamiento o inversión de elementos sintácticos y semánticos de forma ABBA que los retóricos medievales conocieron por el nombre de antimetabole o commutatio, y que modernamente llamamos quiasmo. La disposición visual del arreglo inverso

fue así percibida —para citar al estudioso de la retórica medieval George Tate— “como una metáfora estructural que alude al Cristo o a algún aspecto del misterio cristiano”; aludió, por ejemplo, a la doble naturaleza homo-deus/deus-homo de Jesús —vale recordar que Hesychius de Jerusalén interpretaba de manera semejante a los dos machos cabríos.
Para los retóricos medievales, en suma, el entrecruzamiento retórico se prestaba como metáfora de la persona o atributos o misterios del Cristo, y ello hasta el punto de contribuir al diseño de poemas figurae crucis, es decir, con figura o forma de cruz. De ellos el Carmen es uno de los más famosos y tempranos ejemplos; atribuido al obispo Venantius Fortunatus, quien vivió en el siglo VI, el poema alberga en su centro el quiasmo XVRCRVX y la letra ‘C’.
Aunque para los medievales todo o mucho tuvo que ver en la preferencia por el arreglo inverso la conjunción del nacimiento de Cristo y la introducción de la ‘X’ en tiempos de Augusto: “X littera usque ad Augusti tempus nondum apud Latinos erat, [et digne hoc tempore, quo Christi nomen innotuit, quod per eam, quae crucis signum figurat, scriptitatur,]” (Etimologías I.iv.14); y poco o nada el que el nombre quiasmos (χιασμός) derivara del griego χιαζειν (marcar con una cruz) o el que su primera letra fuera también la primera de χριστος (Cristos); para el en cambio apasionado estudioso del medievo y el griego que era Ramos Sucre quizá todas o algunas de las anteriores razones se conjugaron para que colocara en el centro del arreglo quiasmático, con premeditada o involuntaria obediencia, el nombre Jesucristo.
Este nexo entre el quiasmo y el Cristo revela un singular atributo de “El disidente”: como texto en forma de ‘X’, es un texto literalmente crucificado; de él puede decirse lo que Barbara Johnson dijo de Billy Bud: es “una cruci-ficción —una ficción estructurada en forma de cruz”. Más aún, no sólo se presenta como ficción en forma de cruz, sino actúa crucificadamente: realiza el cruce de atributos y propiedades característico del quiasmo: un ritual sagrado se ejecuta con un ave nocturna, un hereje reclama los atributos del Cristo, un defensor de la ortodoxia es perseguido por hereje. La forma y acciones quiasmáticas obligan a considerar entonces “El disidente” como figura Christi, en el otro sentido que los medievales dieron al término figura: el de tipo o alegoría. “El disidente” es entonces tipo o alegoría del Cristo, la víctima en el centro del texto. Ineludiblemente, debemos asimismo considerarlo antitipo o cumplimiento del destino prefigurado por el cabrío emisario y el ave del leproso.
Dicho en otras palabras, el texto en forma de cruz y que actúa crucificadamente prefigura y comparte el destino de los hechizados, los posesos y Francisco de Sales: recibe sentencias acordes con los pareceres de la Démonomanie y el Malleus Maleficarum. Basta cotejar los señalamientos de algunos críticos para verificar que se ajustan al canon inquisitorial: la escritura de Ramos Sucre ha sido juzgada por su “tono satánico” (Francisco Pérez Perdomo) o por ser “amiga de cierto displicente satanismo” (Ludovico Silva), y se ha llegado a imputar a Ramos Sucre una adhesión más personal que estilística “a un cierto satanismo” (Oscar Sambrano), y a calificar su obra como “sin compromiso con Dios, con su tiempo ni con su prójimo” (Juan Liscano). Para validar esos dictámenes, sería suficiente citar “El disidente”: se sustanciarían irrefutablemente los cargos de blasfemia (declaración de igualdad de un hereje con Jesucristo) y adoración del mal (la impía ejecución del ritual hebreo con un “ave nocturna”).
Pero advirtamos que no se trata de juzgar, a nuestra vez, a los mencionados críticos: las anteriores observaciones son una comprobación, no un reproche. Tampoco son un intento de devaluar, refutar o descartar el paciente, indispensable y dedicado trabajo de los estudiosos de la obra de Ramos Sucre: mi propósito es mostrar la necesidad o inevitabilidad de un movimiento interpretativo cuyas condiciones el texto escenificó y prefiguró. Busco entender la manera en que la crítica repite los gestos de exclusión o eliminación escenificados y prefigurados por “El disidente”, la manera en que repite el interés de Bodin por los posesos para luego escribir la condenatoria Démonomanie, o la manera en que repite el desdén del yo poético por los hechizados, siendo él mismo un perseguido. Las referidas lecturas incurren en todo menos en la tergiversación: no hay malicia, interés o negligencia; pero ingenuamente asumen que Ramos Sucre concuerda con la actitud del yo o máscara poética o con la interpretación únanimemente aceptada de los hechos narrados: ortodoxia, rebeldía, transgresión, culpabilidad y castigo. Se trata, pues, de examinar la fascinación o sumisión de la crítica a la escena sacrificial del texto, su reelaboración y exposición de lo que asume como reelaboración y exposición de un material mítico, histórico o literario. Se trata de notar su reproducción o apropiación de la posición aprobatoria, indiferente o condenatoria del yo poético, y su sujeción al resumen de zozobras y a la mimética acumulación de espantos y crueldades. Se trata, en brevedad, de entender la estructura sacrificial de la historia y la sociedad que el “El disidente”, que Ramos Sucre explora. La estructura que, en palabras de Salvador Tenreiro, permitió someter a “un olvido casi total durante algo más de treinta años la obra poética más singular y de mayor alcance de todas cuantas se han escrito en el país”. Una estructura sacrificial, es decir, de asignación de límites, de contaminación y purificación mediante sustitución y expulsión, que caracterizó y caracteriza —¿hasta que punto nos hemos liberado de una lógica sacrificial?— la recepción de la obra de Ramos Sucre.


