Un texto admite múltiples lecturas. Ese indiscutido juicio se aplica, literalmente, a “El disidente”: podemos leerlo de manera lineal o concéntrica. La primera inspiró el esquema que Francisco Pérez Perdomo percibió en la obra de Ramos Sucre: “Presentar una especie de telón de fondo, situar y problematizar el hecho anecdótico y proponer tácitamente una explicación simbólica”.
Aunque Pérez Perdomo no dio ilustraciones, creo que aceptaría las referencias a San Francisco de Sales y Jean Bodin como el telón de fondo, los suplicios y la aparente blasfema declaración de igualdad del padre del ahorcado como la problematización del hecho anecdótico, y el ritual del cabrío emisario como la tácita explicación simbólica. Mi esbozo es imperfecto, pero aun así, o quizá por ello, “El disidente” parece ajustarse al orden aristotélico de principio, medio y fin que Pérez Perdomo observó en los poemas de Ramos Sucre y que impecablemente resumió en la frase “construcción silogística”.
La segunda lectura deriva del esquema quiasmático observado en los textos sobre el cabrío emisario y el ave del leproso; no creo una impropiedad calificarla de ritual. Por consiguiente, ella debe tomar en cuenta que, según la más respetada tradición exegética bíblica, el quiasmo o composición concéntrica gira o se enfoca sobre la palabra, idea o estructura gramatical ubicada en el centro, o como lo expresa brevemente el jesuita franciscano Roland Meynet: “le centre articule les diverses parties du texte”. John Breck sugiere por tal ello una lectura espiral o envolvente de los extremos hacia el centro temático o conceptual, es decir: A → A´ → B → B´ → . . . → X; por razones de exposición yo preferiré abstenerme de una lectura tan vertiginosa: partiré del centro y rastrearé sus mutuas resonancias analógicas con los extremos.
El centro de “El disidente” alberga la irreverente revelación de que “el padre de un ahorcado se declaró igual a Jesucristo”. La declaración es, ortodoxamente hablando, una blasfemia: el padre se arroga atributos divinos. Ya Jesús había sido perseguido por razón parecida; delante de los fariseos afirmó: “Yo y él Padre una cosa somos” (Jn. 10:30), a lo que sus enemigos respondieron con un intento de apedreamiento “por la blasfemia; y porque . . . siendo hombre, te haces Dios” (Jn. 10:34).
Esta circunstancia revela la sutil analogía que el poema establece entre padres e hijos: el padre de un ahorcado (hijo) se declara igual a Jesucristo, el Hijo que antes se había declarado igual al Padre. El Cristo no es, pues, sólo semejante al padre trastornado, sino también al hijo. La relación es contingente, y por tanto metonímica, pero no hay duda de que ella convierte al Cristo en metáfora de los hechiceros y posesos.
Una metáfora, aclaremos, sacrificial, dado que la muerte del Hijo en la cruz fue el rescate ideado por el Padre, más estrictamente, según la doctrina trinitaria, por el Padre y el Hijo, para redimir a los hombres —en otros poemas veremos de nuevo la alusión a la relación parental en la escena del sacrificio. Esa metáfora doctrinal debe, en una lectura ritual y concéntrica, articular el movimiento analógico de los paralelismos.
Las razones provienen de la tradición alegórica de la Iglesia, específicamente de su método tipológico. El apóstol Pablo afirmó que Adán es “figura del que había de venir” (Rom. 5:14), y él mismo, o quienquiera que haya escrito la epístola a los Hebreos, sostuvo que las ofrendas mosaicas eran “bosquejo y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5). La conjunción de esos pareceres definió una práctica interpretativa que establece “correspondencias históricas en la Biblia entre ciertas personas, eventos y cosas (tipos) del Antiguo Testamento, y personas, eventos y cosas (antitipos) del Nuevo Testamento que ellos prefiguran”. En el más importante caso, se interpreta que los antiguos requisitos, víctimas, utensilios y gestos de la economía sacrificial coinciden con la vida, sufrimientos y propósitos del Cristo.
Dos elementos integran el esquema tipológico: el tipo o figura, anterior en el tiempo, y el antitipo, consumación o cumplimiento posterior. Uno acontece o existe en el Antiguo Testamento; el otro en el Nuevo. La extensión de ese procedimiento interpretativo —o si se prefiere, la reducción de su escala temporal— permitió establecer de la misma manera equivalencias entre objetos, personas y eventos contemporáneos: Lázaro es, así, tipo del Cristo. En general, hablar de tipo o figura implica interpretar, según Erich Auerbach, “un proceso universal terrenal por medio de otro; el primer proceso significa el segundo, y éste consuma aquél”.
Los Padres de la Iglesia continuaron la práctica apostólica, y en esa forma descubrieron o concibieron las múltiples equivalencias entre el Cristo y los machos cabríos del Yom Kippur, muchas basadas en la ritualmente ambigua interpretación de Hebreos 13:12: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta” .
Justino Mártir opinó que los animales representan el primer y segundo advenimiento de Cristo. Tertuliano multiplicó las equivalencias: los cabríos debían ser iguales porque representaban al Cristo en su primera y segunda venida, y también en su doble naturaleza y ministerio: el primer cabrío moría sacrificado porque era símbolo del Cristo ofrecido por nuestros pecados, el segundo era desterrado o lanzado desde un risco porque figuraba los sufrimientos del Señor escarnecido y humillado.
Para Cirilo de Alejandría los machos cabríos y las dos aves son el modo en que Dios revela el misterio de Jesús: en el macho cabrío sacrificado vio un tipo del Cristo, que murió para santificar el santuario, es decir, la Iglesia; en el cabrío emisario, al Cristo resucitado que asciende con nuestros pecados al Cielo. Hesychius de Jerusalén, o quien haya escrito en su nombre, los consideró símbolos de las dos naturalezas, divina y humana, de Jesús. Para Jerónimo, el cabrío emisario que carga los pecados de Israel era tipo o figura del Salvador (figura Christi), quien lleva nuestras culpas al desierto. Con leves variantes, esa interpretación fue transmitida a través de los siglos; la más afamada exposición ortodoxa la realizó Tomás de Aquino (Suma 1-2ae, q. 102).
El cabrío emisario y el ave son, entonces, tipos, figuras o alegorías del Cristo: anuncian como víctimas sacrificiales el destino de Jesús de Nazareth, la entrega del inocente para que cargue con las transgresiones de los culpables —o en palabras del sumo pontífice Caifás: “conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Jn. 11:50).
Se vislumbra ahora la otra posible intención ritual que encierra la elección que hizo Ramos Sucre de la frase cabrío emisario, del caper emissarius de la Vulgata. Éste ha sido traducido de forma diversa en las lenguas vulgares: el francés derivó bouc émissaire; el español, con más teología, prefirió chivo expiatorio. En ambas adquiere dos sentidos. Uno es el ritualmente técnico: el cabrío para Azazel del Yom Kippur. El otro ya lo registra, en 1835, el Dictionnaire de L’Académie Française: “Cette expression s’emploie figurément et familièrement, en parlant d’Un homme sur lequel on fait retomber les torts des autres”; la vigésimosegunda edición del diccionario académico español lo registra también —irónicamente, en un envío—: remite a la frase “cabeza de turco”, cuya entrada dice: “Persona a quien se achacan todas las culpas para eximir a otras”.
El chivo expiatorio es, pues, la víctima inocente que carga con las culpas de la comunidad. Esa moderna metáfora acaso esté detrás de la intención de Ramos Sucre. Si el cabrío emisario y el ave son figuras del Cristo, y éste a su vez es metáfora de los posesos y hechizados, entonces todos ellos anuncian y prefiguran la naturaleza y destino de los disidentes medievales. Esa equivalencia continúa el movimiento envolvente de intensificación característico del quiasmo: equipara las quejas y el ánimo de los posesos con los del Cristo y así recontextualiza los sufrimientos presentados al principio y final del paralelismo (B-B’). El cabrío emisario, el ave y el Cristo son, en otras palabras, tipos, figuras o alegorías, metáforas sacrificiales de los posesos y hechizados. Prefiguran su naturaleza de víctimas y su destino vicario.
La persecución de posesos y hechizados no es, en consecuencia, un mero asunto de ortodoxia, sevicia o fanatismo, sino, en realidad, la imprescindible y ritualmente disimulada búsqueda de víctimas que carguen con transgresiones y sufrimientos ajenos. Posesos y hechizados son, en virtud de “las hogueras de la represión”, verdaderos holocaustos: sacrificios en que las víctimas son quemadas completamente. Su persecución y sufrimiento descubren una economía del sacrificio en el conflicto social que los agobia, el intercambio del puro por el impuro, la entrega del inocente por el culpable, el sufrimiento o eliminación de unos pocos para el beneficio de muchos. La hogueras y los suplicios en el texto no son así meros instrumentos de la ley ni simples representaciones estéticas de la tortura: son las modernas formas rituales de una muerte expiatoria.
Si asumimos que Ramos Sucre no limita la sombra del Yom Kippur al martirio y la agonía del Viernes Santo, entonces los posesos y hechizados cumplen también el destino prefigurado por el cabrío emisario y ave del leproso: sus quejas y contrición de ánimo son, menos que un complemento mórbido del sufrimiento, el antitipo o consumación del lama sabachtani en la cruz.


