Quiasmo disidente: el modelo de Levítico

El interés de Ramos Sucre por los rituales del macho cabrío o del ave del leproso va mucho más allá de los procedimientos para asperjar la sangre, quemar las vísceras y la carne, dividir el cuerpo de la víctima o la expulsión del cuerpo todo: alcanza también la estructura retórica de los textos ceremoniales. Las razones para sustituir el cabrío emisario con un ave no sólo atienden a los paralelismos entre sus rituales: atienden también a los paralelismos retóricos, a la semejante disposición de palabras e instrucciones en ambas ceremonias.

Consideremos los versículos sobre el sacrificio de las aves en la purificación de la morada del leproso:

51 Y tomará el palo de cedro, y el hisopo, y la grana, y la avecilla viva, y mojarálo en la sangre de la avecilla muerta y en las aguas vivas, y rociará la casa siete veces:
52 Y purificará la casa con la sangre de la avecilla, y con las aguas vivas, y con la avecilla viva, y el palo de cedro, y el hisopo, y la grana . . . . (Lev. 14: 51-52)

A primera vista, o mejor, a cualquier número de obstinadas lecturas secuenciales, el orden y propósito de las evidentes repeticiones se nos escapan. El autor obviamente insiste o subraya alguna idea o palabra, quizá para auxilio de nuestra memoria o inteligencia, pero sospechamos que no consigue la expresión o medio adecuado y que se limita, en consecuencia, a la torpe repetición. Sin embargo, Jacob Milgrom demuestra que la estructura del quiasmo explica los reiterativos versos:

A. Y tomará el palo de cedro, y el hisopo, y la grana,
B. y la avecilla viva,
C. y mojarálo en la sangre de la avecilla muerta y en las aguas vivas,
D. y rociará la casa
X. siete veces:
D’. Y purificará la casa
C’. con la sangre de la avecilla, y con las aguas vivas,
B’. y con la avecilla viva,
A’. y el palo de cedro, y el hisopo, y la grana:

Leyendo el texto de manera envolvente o concéntrica (A-A’, B-B’, C-C’, X), observamos de inmediato su perfecta simetría. Entre sus artificios está la inversión o distribución circular de la lista de materiales empleados en la purificación (ABC-C’B’A’), y la colocación central del número de aspersiones: siete. Lo que antes era un grupo de confusas repeticiones se muestra ahora como un estricto orden enfático, como un riguroso mecanismo de la insistencia y el subrayado. Al lector moderno, constreñido por sus hábitos lineales, le parece naturalmente absurda, inconexa o anárquica una lectura que alcance mediante una espiral de repeticiones conceptuales o léxicas una idea o tema central; lo confunde o desconcierta un texto que resiste la aproximación sucesiva, que obvia o ignora un orden deductivo o inductivo, al principio o al final, de sus ideas, palabras o estructuras centrales. Ello explica que incluso el estudioso bíblico Martin Hoth juzgue el texto que describe el ritual de los machos cabríos, el capítulo 16 de Levítico, como extrañamente discontinuo y desunido, mientras que Ángel Rodriguez observe en los versículos 6 al 10 una bien balanceada estructura de varios paralelismos en quiasmo. Dejo al lector el cotejo de Lev. 16:6-10, y procedo inmediatamente a traducir el esquema de Rodriguez:

A. Aaron acerca el becerro de la expiación
B. Hace reconciliación por sí mismo y su casa
C. Presenta los dos machos cabríos delante de Yahveh
D. Echa suerte por Yahveh
E. Echa suerte por Azazel
D’. Suerte para Yahveh será ofrenda de expiación
E’. La suerte para Azazel
C’. Presenta el macho cabrío delante de Yahveh
B’. Para hacer reconciliación sobre él
A’. Para enviarlo al desierto

Ahorro el análisis, porque de ese debate importa el hecho de que una misma estructura retórica rige ambos textos.

Importa porque quiero sugerir que Ramos Sucre emplea esa estructura en la construcción de “El disidente”. Para esto debemos leer íntegra y linealmente el texto:

El DISIDENTE

San Francisco de Sales aconsejaba dirigir invectivas al demonio, para alejarlo de nuestra presencia. Yo había leído en otro escritor ascético la costumbre saludable de arrojarse de bruces sobre la tierra desnuda.

La muchedumbre de los posesos había molestado la atención de Bodin, el probo jurisconsulto francés, y motivado largos trabajos de su pluma.

Los suplicios difundían el terror y contristaban el ánimo. Se multiplicaron los casos de enajenación, y el padre de un ahorcado se declaró igual a Jesucristo y salió de noche a quejarse con voz sepulcral.

No me avine jamás con el arte lúgubre de aquellos hechizados y pude esperar a mansalva el fin de las hogueras de la represión.

En medio de la amenaza constante, quise expiar mis culpas ignoradas y despistar los satélites de un poder asombradizo. Recordé la ceremonia de los israelitas con el cabrío emisario y la usé con un ave nocturna.

Tal es el desarrollo lineal. El sucesivo examen de las estrofas parecería confirmar, siquiera parcialmente, los juicios de ininteligibilidad que de vez en cuando se vierten sobre la obra de Ramos Sucre. Y, en verdad, las referencias históricas no sólo se ubican en la distante época de los juicios de hechicería y de la Contrarreforma, sino que nos intrigan o desorientan las relaciones entre ellas. Quizá sea evidente el nexo entre la persecución de los posesos y Jean Bodin, el autor del célebre De la Démonomanie des Sorciers, pero no la relación entre las recomendaciones ascéticas para alejar al demonio y los escritos y persona del “probo jurisconsulto francés”. Tampoco son claros los nexos entre San Francisco de Sales, el piadoso autor de la Introducción a la vida devota, y la persecución de los herejes y posesos; y menos aún entre las recomendaciones de la primera estrofa y la ejecución del ritual del cabrío emisario con el ave nocturna de la última.

Sin embargo, el que la primera y última sección refieran dos métodos para alejar al demonio y dos para despistar “los satélites de un poder asombradizo”, el que todos sean procedimientos de purificación, expulsión o rechazo, insinúa un paralelismo que enmarca el poema. Expulsar y purificar son motivos comunes a ambas. Ese detalle estructural nos invita a localizar otras analogías u oposiciones. Notamos, en efecto, que el interés de Bodin por los posesos contrasta con el distanciamiento del narrador, y que a los iniciales “suplicios que difundían el terror” corresponden “el fin de las hogueras de la represión”. La sospecha de que tales ecos no son casuales, confirma nuestra intención de abandonar o suspender las convenciones de la lectura lineal y leer el poema concéntricamente. Si organizamos esquemáticamente las anteriores analogías y contrastes, apreciaremos mejor el patrón circular inverso característico del quiasmo:

A. Dos métodos para alejar al demonio: invectivas y arrojarse de bruces.

B. Bodin se interesa en la muchedumbre de posesos y se inician los suplicios.

C. El padre de un ahorcado se declara igual a Jesús.

B’. El narrador no se aviene con los hechizados y finalizan las hogueras de la represión.

A’. Dos métodos para despistar un poder asombradizo: macho cabrío y ave.

El primer paralelismo (A-A’) forma el marco del quiasmo. Equipara, como he dicho, dos métodos para rechazar al demonio y dos para despistar al poder asombradizo. El grupo (B-B’) establece el contraste entre el interés de Bodin por los posesos y el inicio de la persecución, y el distanciamiento de los hechizados por parte del yo poético y el final de las hogueras. En la posición central (C), finalmente, se halla la sacrílega declaración de igualdad del poseso con el Cristo.

La estructura de “El disidente” duplica, pues, la de los textos rituales sobre los machos cabríos del Yom Kippur y las aves del leproso. En su orden quiasmático se dispersan las correspondencias, las semejanzas y oposiciones entre los elementos históricos, rituales y conceptuales del poema. Es válido, en un sentido riguroso, el juicio de Gustavo Guerrero sobre “la gran ritualidad que marca a esta poesía ”: ella no sólo alude a los procedimientos, también a la retórica que los prescribe.

La estructura quiasmática de “El disidente” obliga por otro lado a reevaluar los comentarios sobre la ininteligibilidad o las peculiaridades sintácticas de Ramos Sucre. Ciertamente el orden en quiasmo pliega el poema y confunde o intercambia el adentro y el afuera, el borde y el centro, el inicio, el intermedio y el final, lo que subordina y lo subordinado, transformando la conclusión en parte de la introducción y obligándonos a leer como conclusión lo que antes veíamos como desarrollo. Pero su ininteligibilidad o peculiaridad proviene de nuestro gusto por el desarrollo lineal de la narración, las regulaciones codificadas en serie o las totalizadoras frases finales de un argumento. De manera que se equivoca Fernando Paz Castillo, quien opinó respetuosa pero apresuradamente, que el carácter prosaico de los textos de Ramos Sucre insinuaba la carencia “del dominio de la rima”. Cierto que a esto ya habían respondido Pedro Sotillo, quien reconoció la tendencia del poeta a “personalizar la expresión” y las dificultades “que siempre ha ofrecido la poesía que refleja erudición”; y Eugenio Montejo, quien consideraba “que su rechazo de la estrofa tradicional, del verso medido, con o sin rima, es otra derivación de su pesquisa idiomática”. Pero ahora cabe agregar que el orden quiasmático no requiere el dominio de la rima, sino el de la analogía concéntrica, que subsume en paralelo armonías o disonancias léxicas o conceptuales. El primer dominio no es menos arduo o complejo que el último: requiere tanta habilidad disponer sílabas rimadas y contadas como ubicar a distancia ideas paralelas, semejantes, complementarias u opuestas.

Pero reexaminar la acusación sobre la falta de dominio de la rima no significa negarla o contradecirla con un juicio sobre el dominio de la prosa, sino más bien señalar su posición en la que hay que empezar a considerar como una de las más originales exploraciones en la poesía latinoamericana, una exploración que excede la oposición prosa y verso. Ello quiere exige tomar en cuenta que, en el caso de “El disidente”, la expresión personalizada de Ramos Sucre es resultado de sus pesquisas sobre la retórica de la Torah, de su erudición de levita. En consecuencia, si las fallas o dificultades advertidas por Paz Castillo y otros críticos en otros poemas se imputaran también a “El disidente”, bastaría su cotejo con los pasajes sobre el cabrío emisario y el ave del leproso para darse cuenta de que las deficiencias son más aparentes que reales, para comprender y rectificar, siquiera parcialmente, esos juicios. Comprenderlos, porque ellos derivan de la extrañeza o desconcierto ante una manera antigua y distinta de escribir. Rectificarlos, porque, al igual que con el libro de Levítico, no se habían hasta ahora percibido los paralelismos concéntricos, los convergentes agrupamientos de eventos, ideas o conceptos por medio de balanceadas repeticiones, desarrollos, intensificaciones o contrastes, que configuran el texto.

Por lo demás, cabe preguntarse si el poeta eligió el arcaico recurso poético del quiasmo por razones distintas a la mera insuficiencia o impotencia técnica en la versificación. En su estudio sobre el paralelismo bíblico, James Kugel rechaza la distinción entre poesía y prosa en la literatura hebrea por imprecisa: “there are not two modes of utterance, but many different elements which elevate style and provide for formality and strictness of organization”; en 1913, Ramos Sucre observó analógamente con respecto a Walt Whitman: “Indecisa pensaba la distinción entre la poesía y la prosa este raro poeta que tenía un propio concepto del arte”. Ese temprano ejercicio crítico encubre una reflexión, un hallazgo esencial de Ramos Sucre sobre lo que implica adoptar los modelos bíblicos, de lo cual Whitman es un ejemplo: escribir a la antigua manera hebrea es una forma de explorar la distinción entre prosa y poesía. Para investigar las resistencias, límites y posibilidades retóricas de esa diferencia, Ramos Sucre pudo muy bien, por consiguiente, elegir el modelo de la Torah. Barbara Johnson considera el poema en prosa como el lugar “à partir duquel la polarité —et donc, la symétrie— . . . entre prose et poésie, dysfonctionne ”; característica que lo convierte en el medio perfecto para interrogar “la nature même du fonctionnement figural”; es lícito suponer que Ramos Sucre notó ese disfuncionamiento en el texto de Levítico y que el empleo en “El disidente” del quiasmo, del orden verbal de los rituales sobre el macho cabrío y el ave ceremonial del leproso, formó parte de su pesquisa retórica sobre las diferencias entre prosa y poesía. Tarea que sólo podía intentar realizar un poeta dispuesto a ser juzgado como incomprensible, evasivo y erudito.

* Notas relacionadas: Quiasmo en el arrabal (1) | Quiasmo en el arrabal (2): la Pascua en Egipto.

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